6: Trato.

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      Chuu se recostó en unos ladrillos apilados mientras le ordenaba a Heejin que atara con una cuerda vieja las manos sudorosas de la joven. 

       La sicaria  le dedicaba cálidas sonrisas  a su víctima que no se inmutaba,  como si un trato dulce y amable fuera suficiente para reconfortarla; una vez atada,  Heejin la obligó a verla a los ojos, aunque con cierta dificultad por la oscuridad;  seguido le tapó la cara con una camiseta negra que olía a bodega de almacén.  Sus manos eran delicadas y antes de ejecutar su especialidad,  Jeon Heejin se encargaba de "tranquilizar" a sus víctimas: les hablaba con dulzura y acariciaba gentil  los rostros de las chicas lindas antes de acabar con ellas... esa era su forma de trabajar. Empuñó su pistola y la apuntó en dirección a la mandíbula temblorosa de la asistente forense. 

      — ¿Lista? No me tardaré, te prometo que no sentirás mayor cosa... — levantó un poco la camiseta y besó sus labios.  

      Aquella pelinegra le resultaba especialmente atractiva y  esa escena entre Heejin y  su víctima mantenía atenta a Chuu,  que entrecerraba los ojos como si se tratara de una maestra en plena evaluación.  Finalmente, cuando la joven  sintió el   tacto de aquella arma en su cuerpo junto al beso de la muerte, abrió la boca para suplicar por su vida, vulnerable e indefensa:

     —¡Basta! ¡Dame más tiempo!, te prometo que haré mi mejor esfuerzo — el autocontrol escapaba de su cuerpo a merced de su verdugo—.  Dile que me suelte, ¡Chuu!

      — Silencio, solo tomará un segundo, cariño... — murmuró la sicaria. 

      — Alto Heejin. Quiero escucharla — dijo con frialdad. —  ¿Qué hará la pequeña inexperta para contentarme?

      — Dame más tiempo y te presentaré una mejor información — prometió. 

      — ¿Por quién me tomas? Bien sabes que no doy segundas oportunidades.

      — Soy tu única opción... por favor, Chuu...

      — ¿Cuánto tiempo quieres?

      — Un año.

      — ¡Eso es demasiado! ¡Qué sinvergüenza! — escupió y luego se dirigió a su ayudante —:  Heejin, ya sabes qué hacer.

Las cálidas manos de la sicaria se apoyaron en su pecho nuevamente  y  la víctima no tuvo más que improvisar un pensamiento al azar: 

      — ¡Seis meses más! Por favor — lloró nerviosa.

      — Si te doy esos meses te pondré algunas condiciones. Primero te inscribirás en el taller de la policía sobre técnicas de investigación criminales... 

      — Pero si eso ya lo domino. Me inscribí el año pasado y tú lo sabes.

      Chuu suspiró cansada, sabía que sólo contaba con esa pobre alma para llevar a cabo su plan. Cogió una bolsa de supermercado y por más extraña que fuese la situación, sacó dos cervezas y un jugo de frutas de la bolsa y las repartió a las demás, aunque claro, le advirtió a Heejin que no se excediera pues ella debía completar la misión si la misericordia de Chuu se negaba a perdonarle.

      — ¿Cómo quieren que beba si mis manos están atadas? — exigió la asistente forense—, esto no es gracioso.

      — Si quieres sostengo tu lata — sugirió Heejin con un tono de voz amable.

      — ¡Oh vaya! Confiaré en quien me iba a asesinar, claro, gracias  — dijo con sarcasmo y resignación—. Sólo porque tus manos son muy suaves...

Identidades Difusas.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora