29 - Mar Mediterráneo

83 14 8
                                    

No veo a Ivan en toda la tarde. Ahora puedo reconocerme a mí misma y a cualquiera que lo echo de menos, que me duele cada rato que paso sin saber de él incluso aunque me abandone en la piscina porque tiene cosas que hacer y no me diga cuáles. Ahora puedo reconocerme las ganas que tengo de volver a verlo y de saltar a sus brazos y que me abrace y me acaricie con sus manos suaves o que me haga cosquillas en la oreja con sus rizos cuando entierra su cabeza en la curva de mi cuello.

A pesar de haber buscado por todas partes a Ivan antes de tener que volver a mi camarote para arreglarme, no lo he encontrado. Tengo la impresión de que me paso el día buscándolo. Cuando lo busco no lo encuentro, totalmente al contrario que los primeros días a bordo. Vaya ironía.

Me pego una ducha rápida para poder arreglarme a tiempo. He perdido demasiado tiempo dando vueltas por el barco buscando al estúpido del moreno.

Estoy lista justo cuando mis padres llaman a la puerta para avisarme de que es hora de ir a cenar. Qué ganas tenía de ponerme el vestido rojo para la Cena de Gala. No es muy largo ni muy corto: me llega justo por encima de la rodilla, pero lo que más me gustan son las mangas de encaje que me llegan hasta los codos. Me lo regaló mi tía Claudia después de llevar ella uno igual en algún acto, creo que fue en un Festival de Cine. Me lo regaló por mi cumpleaños porque sabía lo mucho que me gustaba cuando se lo vi, aunque el de ella era en color marfil y lo llevaba junto a unas medias oscuras.

A pesar del poco tiempo que me quedaba para arreglarme, he conseguido rizarme algo más mis rizos naturales y me he hecho un recogido con horquillas y trenzas.

—Preciosa, mi niña. —Mi padre me besa en la cabeza cuando abro la puerta. Va en traje de chaqueta, como dicta el protocolo.

—Te queda mejor ahora, Ángela.

Mi madre lleva un vestido ajustado de color violeta que le llega justo por debajo de la rodilla. Es su favorito. También lleva el colgante de plata de la violeta, el que se pone en ocasiones especiales. Lo tiene desde que mucho antes de que mi hermano y yo naciésemos. Hace mucho tiempo le pregunté y creo que me contó que se lo había regalado mi padre, pero ya no me acuerdo bien.

—Me queda igual, mamá. No he engordado ni adelgazado nada.

—¿No? No sé, será el pelo. —Se encoge de hombros.

Los tres nos dirigimos hacia el restaurante del crucero. Mis padres hablan sobre mi abuela Sandra. Según mi padre la ha llamado esta tarde para ver cómo estaba. Todo genial. Todo genial menos el hecho de que me estoy olvidando de llamar a nadie. Me pellizco el brazo mentalmente por no haberme acordado de los de España.

El restaurante está abarrotado. Ya lo estaba el ascensor, pero hemos sobrevivido. Al restaurante no estoy segura. ¿Dónde se mete toda la gente que aparece la Noche de Gala? Al principio pienso que gente nueva se ha montado en el barco, pero luego caigo en la cuenta de que no, que son los mismos trabajadores del barco los que esta noche cenan con nosotros aquí, aunque sólo unos pocos cenarán en la mesa del capitán. Apuesto que Zoë está con él.

Nos colocamos al final de la cola que espera para cenar. Me pongo de puntillas sobre mis tacones nude en busca de algo familiar, pero no consigo divisar ningunos rizos alrededor. ¿Dónde se habrá metido?

—¿A quién buscas, Ángela? —pregunta mi padre mientras me dirige una mirada extraña.

—A nadie —me apresuro a contestar—. Sólo... sólo estaba viendo cuántas personas nos quedan para entrar.

Mi madre me dedica una sonrisa comprensiva y luego se me acerca para colocarme con la horquilla un rizo que casi se había caído del todo. Tiene la mirada que tenía cuando me peinaba por las mañanas para ir al colegio. Por mucho que me enfade con ella sigue siendo mi madre y la que más quiero. La quiero mucho y se lo digo poco, y eso es un gran fallo, pero siempre he sido la niña de papá.

El amor no existe hasta que llegaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora