Me doy la vuelta para buscar a alguien a quien de verdad esté mirando la gitana y que no sea yo, pero no encuentro a nadie más que a mí mirando hacia el fondo del callejón, donde se encuentra la cíngara.
–Io ti guardo. Venire qui. –pronuncia, sin dejar de mirarme.
–No hablo italiano –le contesto, casi sin parpadear.
¿Me guarda? ¿Qué guarda?
–¡Española! –exclama, la gitana, sacudiendo las manos de alegría. También se le ilumina la sonrisa–. Ven, ven.
Me llama con un movimiento con la mano, lo que provoca un montón de tintineos por sus pulseras.
Vuelvo a mirar a mi alrededor para asegurarme de que es a mí y de que no estoy sola en la calle, por si la gitana quiere robarme.
La cíngara chasquea la lengua.
–No tengas miedo, chiquilla. No te voy a robar. Probablemente los músicos de antes tengan más pensamiento de robar que yo. Ven. –insiste.
No me queda otra que acercarme a ella.
Doy pasos inseguros, cautelosos, hasta llegar a su altura.
Mientras me acerco, la gitana no deja de sonreír, aunque ahora observa cómo ella misma reordena un montón de cartas que antes quedaba oculto tras la pelota que hay sobre la mesa.
–¿Ha-hablas español? –me atrevo a preguntarle, aún con miedo de que me robe.
Coloco una mano sobre el bolso que llevo encima, por si acaso.
–Gitana de padres españoles que emigraron en busca de trabajo. Del sur de España, chiquilla. De un pueblo de Sevilla.
Qué de casualidades en tan poco tiempo. Conozco en un crucero de una compañía italiana a un italiano que vive en España y es de padres italianos. Ahora en Florencia a una gitana española de padres españoles que vive en Italia. Es propio de un guión de película.
Tampoco entiendo por qué no para de llamarme ‘chiquilla’. Dudo que sea mucho mayor que yo. Quizá llegue a los veinte, pero no mucho más. Debe de ser como mi hermano.
–¿Llevas mucho tiempo aquí, en Florencia?
–Tres años. Ahora siéntate, que aquí la que tiene que hablar soy yo.
De debajo de su mesa saca un segundo taburete, que quedaba oculto bajo la tela que cubre la mesa.
Obedezco y me siento, aún sin fiarme de la gitana y, por supuesto, sin dejar de mirarla.
–Me llamo Iria. –se presenta–. Te daba dos besos como hacéis en España, pero aquí empezamos por la mejilla contraria y te liarías. –suelta una risita–. Literalmente.
Yo me mantengo seria. No le he pillado la gracia al chiste, pero tampoco estoy muy por la labor.
Dirijo un par de miradas a mi alrededor esperando que aparezca la policía y la gitana tenga que desaparecer con sus bártulos. Es la única opción que me queda pues Iria no parece querer dejarme ir por mi propia cuenta.
–Ay, no estés tan seria que es un aburrimiento cuando los turistas os ponéis así. –protesta.
Vuelvo a mirarla. Me fijo en que ha arrugado la nariz ante mi expresión tan neutra. Si supiera que estoy aterrada no me hablaría así.
La gitana suelta un suspiro y el aliento hace que la pelota de la mesa se mueva levemente.
–¿Es una bola mágica? –pregunto.
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El amor no existe hasta que llega
Fiksi Remaja¿Quién no ha soñado con un amor de verano? Todo el mundo lo ha hecho. Para Ángela, por algunos conocida como la hija de Dani y Elena de Cartas para Irene, los amores de verano no existen. Ángela no cree en los amores de verano porque lleva toda la...