Intenté buscar a Ivan cerca de la heladería de la que cogió la servilleta. Sin éxito. Estaba al otro lado del puente, pero Ivan no. Sigo sin explicarme cómo se las ha apañado para meterme la servilleta en el bolso sin que me diera cuenta.
Cuando ponemos fin a nuestra excursión y volvemos al barco, corro hacia mi habitación y no tardo nada en ducharme y arreglarme. Me pongo el vestido verde agua cuyo bajo me llega justo por encima de la rodilla, sin mangas, y me dejo el pelo al natural, con mis ondas secándose solas. Justo cuando termino, mis padres llaman a la puerta.
La cena de hoy es mexicana y se sirve en el buffet de la piscina, no en los elegantes comedores, así que subimos rápidamente antes de que se llene de gente y sea imposible hacerse con el queso para los tacos.
Mientras mis padres se sientan en una mesa junto a la ventana, para ver cómo nos alejamos de Livorno, yo me levanto y comienzo a llenar mi plato de comida del buffet. Echo algo que parece carne de cerdo con una salsa color teja. No tengo ni idea de cómo se llama. Lo sabría si hubieran puesto cartelito, pero parece que se les ha olvidado esta vez. También echo enchiladas y me acerco a la parte de los tacos. Me apasionan los tacos. Con ayuda de unas pinzas, me echo en mi plato tres tortillas en forma de ‘u’ y comienzo a colocarle cosas dentro. Echo carne, lo primero, luego las verduras mezcladas y cortadas en daditos. Echo también algo de aguacate, que estaba aparte, y me acerco al queso rallado.
–No creo que el queso lo hayan puesto todo para ti.
La voz de Ivan me hace pegar un bote y ahogar un grito. Casi se me cae el plato con la comida al suelo. Tengo que cerrar los ojos dos segundos para recuperar el aliento.
–Voy a empezar a pensar que me sigues. –digo, citando lo que él mismo decía hace unos días y reanudando lo que estaba haciendo antes de que apareciese.
Ivan hace lo imposible por disimular la risa, pero no puede, sus dientes acaban asomando y sus hoyuelos muy marcados. Su sonrisa aumenta la mía.
–¿Te ha gustado Florencia? –pregunta, echándose carne en sus tortillas para crear su propio taco.
–Me ha encant… ¡Oye! ¿Cómo me has metido la servilleta en el bolso?
Ivan me mira, divertido, pero hace como que no sabe lo que digo.
–No sé de qué me hablas. –suelta, volviendo la vista a la comida.
–¡Venga ya! ¡Me he pasado como quince minutos buscándote entre el bullicio del Ponte Vecchio a ver si aparecías!
–¿En serio? –sus ojos se iluminan al mirarme.
–Claro.
Suelto la cuchara en el cuenco del queso rallado. Yo creo que llevo bastante, casi ni se ve el contenido del taco. Parece un taco de queso.
Oye, en realidad no sería mala idea un taco de queso…
–¿Crees en el destino, Bonnie?
Sí pero no. No sé. A veces sí pero otras veces pienso que tampoco es ciencia. Estoy obsesionada con las ciencias. Las casualidades sí que existen y se dan, de hecho. El destino… no sé.
–Florencia es muy grande. –comento.
Ivan se encoge de hombros.
–Estás tonto. –tampoco puedo dejar de sonreír sabiendo que Ivan me ha visto y ha pensado tener un detalle conmigo–. ¿Estás comiendo con Tatiana y Dioni?
–Ajá. –responde alcanzando la cuchara que yo he soltado hace dos segundos, para lo cual tiene que estirarse un poco.
El polo azul marino se le levanta un poco por la parte de abajo, al estirarse, y yo alcanzo a ver parte de sus oblicuos que se esconden en sus vaqueros. No puedo apartar la vista y ni siquiera me doy cuenta de que estoy mirando.
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El amor no existe hasta que llega
Novela Juvenil¿Quién no ha soñado con un amor de verano? Todo el mundo lo ha hecho. Para Ángela, por algunos conocida como la hija de Dani y Elena de Cartas para Irene, los amores de verano no existen. Ángela no cree en los amores de verano porque lleva toda la...