📌 : ❝ Jung Hoseok ama la poesía, a los animales y las sustancias que cambian el estado de ánimo. Acostumbrado a despertar entre los brazos de la dinamita, se ve arrinconado a buscar una solución a sus problemas para no perder la beca de estudios qu...
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Una navidad que aún duele y escuece y no se desvanece y entorpece
Los viajes a las seis de la mañana no son la mejor de las opciones.
Pero vale la pena, supone. Vale la pena que Hoseok sonría y tome su mano durante el viaje. Vale la pena que se apoye en su hombro para dormir y bese su mejilla cuando despierta. Vale la pena el silencio y las conversaciones vagas que mantienen en el trayecto. Vale la pena cuando bajan del autobús y se recuerda que están en un pueblo pequeño casi en medio de la nada. Solos. Sólo ellos. Siendo él un desconocido para todo el mundo.
Es un día gris, pero él se siente un amarillo vibrante.
La primera parada es en un local de comida que escribe «casera» en su anuncio. El hambre es suficiente para ingresar y luego continuar con su camino.
—No está demasiado lejos —menciona Hoseok en referencia al cementerio—. Como todo en este pueblo. Iremos a pie, ¿te parece?
Él asiente. El camino se transita a paso lento. No hay bromas, ni sonrisas, sólo miradas y roces de manos que casualmente busca para llamar la atención de Hoseok. Falla en ocasiones, pero lo comprende, la situación es compleja. Este no es un viaje de pareja, es un mal recuerdo.
Porque, mientras todos gritaban «¡Feliz Navidad!» dentro de sus hogares, Jung Hoseok corría con el horror aferrado al pecho hacia su abuela en medio de una calle vieja de Ryeok. Las manzanas rodaban en diferentes direcciones y la mujer dueña de un almacén llamaba a la policía y ambulancia. El vehículo que pasó por encima de su abuela se devolvía y un hombre anciano descendía de él con expresión conmocionada. Y todo era un caos. La ambulancia explotaba en sus oídos y los paramédicos le hacían preguntas que no respondía bien. La policía lo interrogaba y él no podía hablar y separar los ojos del cuerpo inerte de su abuela, bañado en el líquido que le daba la vida, al mismo tiempo.
Su abuela inerte.
Su abuela que ya no estaba.
Nunca más lo estaría.
Y nota la presión en su propio pecho escuchando como Hoseok solloza viendo la tumba de su abuela y dejando las flores sobre ella. Le toma una mano con fuerza, la apoya en su pecho y se mantiene en silencio.
—Feliz navidad, abuela —murmura Hoseok—. Te traje tus flores favoritas. Pero hoy también traigo compañía, espero que no te moleste. Te caería bien si lo conocieras. Es parecido a ti, sabe hablar bonito.
Es respetuoso, a pesar de que quiere reír por sus palabras. Se limita a sonreír a medias y esperar a que le diga algo directamente.
—Sabe hablar bonito y me tranquiliza siempre que lo necesito. O cuando ni siquiera sé que lo hago. —Los ojos irritados de Hoseok se posan en él—. Es bueno conmigo. Así que puedes estar tranquila tú también.
Probablemente la abuela lo echaría de ahí si supiese la verdad de todo. Que él es un hombre casado, que tiene una hija de dieciséis años y que quizá nunca deje esa vida. La doble vida es suficiente para él, aunque Hoseok mantenga la esperanza de que no sea así por mucho tiempo. Entonces, siente ganas de arrodillarse y pedirle perdón a la abuela por ser un cobarde.
Permanecen ahí durante al menos dos horas. Hoseok, una vez se ha calmado, le cuenta algunas anécdotas sobre la anciana mujer durante su mejor época juntos. Ríen bastante, disipando la tristeza que se había formado.
—¿Cómo decía? —cuestiona entre risas.
—«¡Síguelo, Rodolfo!» y después me lanzaba su pantufla. —A Yoongi se le atora la carcajada en la garganta y termina riendo mientras tose—. ¡No te burles! Rodolfo siempre me alcanzaba. —Se encoge de hombros. Él continúa riendo—. Igual me lo merecía. Me comportaba muy mal en ese tiempo. O sea, aún lo hago, pero ya no están ellos para decírmelo.
—¿Y cómo sabes que te comportas mal?
—No lo sé. Sigo haciendo lo que ellos odiaban que hiciese y siempre me decían «pórtate bien, Hoseok». Es algo que escucho desde que era niño.
—Pues, entonces, pórtate bien —dice por obviedad.
Hoseok ríe bajito.
—Nunca supe cómo hacerlo. —Desvía la mirada hacia la lápida—. ¿Cómo te portas bien? Nadie me enseñó. Ellos sólo decían «Hoseok, pórtate bien» y si preguntaba qué era, me decían «haz caso a tu madre» o «haz caso a tu abuela» —Vuelve a enfocarse en él—. ¿Eso es portarse bien? ¿Hacer caso a los adultos? Mi madre decía que aprendería a portarme bien con bofetadas. Mi padrastro algunas veces me dio con el cinturón. Tenían la misma excusa. —Y a pesar de que Hoseok ríe, él siente calor en sus orejas por el enfado—. A veces, mi abuelo me lanzaba a Rodolfo para que le hiciese caso a mi abuela. Solía sacarlo de quicio muy fácilmente, sobre todo cuando comenzó a darle Alzheimer. Si así es como tenía que aprender, pues jamás lo hice. —Silencio. Hoseok le toma una mano y le besa el dorso con suavidad—. Espero que, si tienes hijos alguna vez, entiendas qué es eso de «hacer caso» y me lo expliques.
—Los padres no deberían dar órdenes directas. Los padres deben poner límites y disciplinar con amor. Los niños no tienen que «hacer caso», tienen que aprender a discernir para mantenerse a salvo a sí mismos. Eso les da herramientas para resolver problemas o sobrellevarlos.
—¿Fuiste criado así? —pregunta Hoseok con inocencia.
—Es lo que pienso.
—Pienso que serías un buen padre, Min Yoongi.
Él sonríe agradecido. Porque, aunque Hoseok no lo sepa, de manera indirecta reconoce lo que él intenta ser cada día de su vida. Ser padre es complejo cuando no tuviste un buen ejemplo.
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