Dayla Wilson, es la hija del empresario más influyente de Seattle, ella lleva una vida como cualquier persona normal.
Como estudiante de derecho, aspira a convertirse en una de las abogadas más destacadas del país. Sin embargo, todo cambia una noch...
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Dayla En la actualidad
El sol de la tarde se filtraba por mi ventana, bañando mi habitación con la luz dorada del atardecer. Sin pensarlo, saqué el teléfono y le tomé una foto, como siempre hacía cuando el cielo mostraba un paisaje que me encantaba. La luz en ese momento era perfecta y no quería dejarla escapar. A veces me preguntaba si debería haber estudiado fotografía, pues sentía que podría haber tomado imágenes realmente hermosas.
—¿Me estás prestando atención? —La voz de Anna me sacó de mis pensamientos.
Anna es mi mejor amiga, y nuestra historia comenzó porque su padre trabaja en la empresa del mío, "Wilson Corporation", una de las compañías más cotizadas y prestigiosas de Seattle. Mi padre, por supuesto, es el jefe, lo que hizo que nuestras vidas se cruzaran de manera bastante natural.
A pesar de ser un hombre reservado, de vez en cuando organizaba fiestas y pedía a sus amigos que trajeran a sus hijos, con la intención de que socializáramos entre nosotros. Así que, en una de esas fiestas nos presentaron, y desde entonces nuestra amistad creció rápidamente.
Lo curioso es que, a pesar de todo lo que rodea a nuestros padres y sus trabajos, Anna y yo siempre hemos logrado mantener una amistad genuina, alejada de cualquier formalismo empresarial.
—Sí, sí, dime —respondí mientras guardaba el teléfono.
—Deja de hacer fotos y mejor ayúdame a escoger un vestido para esta noche.
Anna estaba probándose varios vestidos. Porque uno de sus tantos intereses amorosos la había invitado a salir, y no se decidía por ninguno. Su figura era impresionante y su belleza, indiscutible. Era alta, pero sin exagerar, con el cabello castaño y unos ojos color miel cuyo brillo atrapaba a cualquiera.
Yo, en cambio, no me quedaba atrás en cuanto a apariencia. Podría decir que tengo una figura tipo reloj de arena, con proporciones armoniosas. También soy alta, con el cabello negro azabache y unos ojos verdes, algo que siempre me ha encantado de mí. A veces me preguntaba de quién los habría heredado, ya que mi padre los tiene de color negro y mi madre, marrones. Aunque ellos siempre me decían que los heredé de mi bisabuela, quien los tenía idénticos a los míos.
—Venga, ayúdame —rodeé los ojos. A veces podía ser un poquito intensa.
Media hora pasó mientras Anna se probaba vestidos, hasta que finalmente se decidió por uno.
—¿Me veo guapa? —preguntó con una sonrisa.
—Siempre —le devolví la sonrisa—. Vamos, te ayudo a maquillarte y peinarte, o llegarás tarde.
Anna asintió, visiblemente aliviada por mi ofrecimiento. Nos dirigimos al baño, que ya estaba lleno de productos de maquillaje y herramientas de peinado esparcidos por todas partes.