Dayla Wilson, es la hija del empresario más influyente de Seattle, ella lleva una vida como cualquier persona normal.
Como estudiante de derecho, aspira a convertirse en una de las abogadas más destacadas del país. Sin embargo, todo cambia una noch...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
••••••••••
Sin más, sacudí la cabeza para despejar esos pensamientos y seguí mi camino hacia el salón. Ya era tarde, estaba comenzando a aburrirme, así que decidí que era hora de volver a casa. Observé el salón lleno de gente, conversando animadamente.
A lo lejos, distinguí a mi padre en medio de un grupo de hombres trajeados, riendo por algo que acababan de decir. Aproveché una pausa en su conversación y me acerqué.
—Hola, papá. Ya se está haciendo tarde. Creo que mejor me iré a casa.
Él me miró con una expresión de sorpresa.
—¿Irte ya? Pero, hija, aún no has conocido a nuestro nuevo socio. —Puso una mano en mi hombro.
—Pero ya me quiero ir.
Antes de que pudiera responder, alguien se unió a nuestro pequeño círculo. Sentí que el aire a mi alrededor se tensaba, y no tuve que girar del todo para saber quién era.
Era él. El hombre con el que me había chocado segundos antes.
Mis sospechas se confirmaron cuando mi padre giró hacia él con una sonrisa cordial y extendió la mano.
—Dayla, quiero presentarte a Alexei Lebedev, nuestro nuevo socio. Alexei, ella es mi hija, Dayla.
—Un gusto conocerte, señorita Wilson —Me extendió la mano.
Forcé una sonrisa y acepté el apretón, aunque mi mente seguía dando vueltas. Estaba actuando como si nuestro encuentro de antes no hubiese pasado.
Realmente él era un imbécil.
—Igualmente, señor Lebedev —Respondí, intentando yo también actuar que no nos habíamos visto antes.
—Espero que mi hija no te haya causado problemas —intervino mi padre, riendo, probablemente sin entender la incomodidad que sentía.
—En absoluto —Una ligera curva en sus labios, me hizo sentir como si se estuviera divirtiendo con esta situación.
Crucé los brazos, tratando de mantener la compostura mientras su mirada parecía analizar cada detalle de mi reacción.
—Bueno, papá, creo que ya es hora de que me vaya.
—Oh, claro, mi niña. ¿Quieres que le diga a Teo que te lleve?
—Sí, por favor.
Mi padre llamó a Teo, quien apareció rápidamente, como siempre. Me despedí de mi padre con un beso en la mejilla y dirigí una mirada neutral hacia Alexei.
—Un placer conocerte —Aunque no estaba segura de si lo decía en serio.
—El placer es mío, Dayla.
Caminé hacia la salida, sintiendo su mirada en mi espalda. Una vez fuera, el aire fresco de la noche me alivió, alejando un poco la sensación de incomodidad que me había dejado ese hombre.