Dayla Wilson, es la hija del empresario más influyente de Seattle, ella lleva una vida como cualquier persona normal.
Como estudiante de derecho, aspira a convertirse en una de las abogadas más destacadas del país. Sin embargo, todo cambia una noch...
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(Este extra está narrado por Alexei desde su perspectiva del capítulo 23-24)
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Alexei
Entré a la cocina y me apoyé en la encimera. Mi teléfono vibró en mi bolsillo y lo saqué para revisar, era un mensaje.
Y como no, era de la insoportable de Darla.
"Me parece que harán otro encargo. Más tarde te pasaré los detalles."
Bueno, por lo menos me servía para algo esta pesada.
Suspiré, dejando el teléfono a un lado. Hasta he pensando en dejar de robarles a los italianos, al fin y al cabo yo no necesito nada de lo que les robo.
Todo esto lo hacía para fastidiarles, no porque lo necesitara.
Sin alargar más la conversación le contesté con un simple "ok" y me puse a revisar las aplicaciones de mi teléfono. Mientras tanto los demás estaban planeando como Irina se infiltrará hoy en la noche con el francés.
Solo de pensarlo me enfurecía , peor aún, me daba celos, solo imaginar a ese imbécil tocándola me ponía al borde del colapso.
Por eso ni siquiera estaba con ellos, no me importaba que tendría que hacer Irina con él, mientras menos supiera de los detalles, mejor. Si llegaba a enterarme de algo que me cruzara los límites, acabaría rompiéndole la cara a ese malnacido.
Y como si mis pensamientos la hubiesen invocado, Irina apareció por el umbral de la puerta, me saludó com naturalidad y se dirigió a la nevera como si nada.
Pero yo no podía quedarme quieto. Antes de darme cuenta, ya estaba detrás de ella, observándola en silencio.
Irina cerró la nevera con una botella de agua en las manos, dándose la vuelta para encontrarse con mi mirada fija en ella. No lo pensé, las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
—¿Te gusta Phillipe?
La pregunta pareció tomarla por sorpresa. No respondió de inmediato, lo que hizo que mi irritación creciera.
— Contéstame—Exigí, endureciendo el tono al notar que no me respondía nada.
—¿Por qué me preguntas eso?
Su evasiva encendió una chispa dentro de mí. Si no respondía, significaba que sí.
—Mírame—Me acerqué más a ella, tanto que hasta podía oler el olor a vainilla que emergía de su cuerpo—¿Te gusta o no? No te lo volveré a preguntar.
—No es asunto tuyo, Alexei—respondió con frialdad, pero esa actitud solo logró enfurecerme más.
No necesitaba que lo dijera; su silencio lo decía todo. Apretando los dientes, la empujé suavemente contra la pared, acortando aún más el espacio entre nosotros. Eso solo significa una cosa, que si le gusta ese estúpido y no me lo quería confesar.