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Al día siguiente

—Hija, tenemos que ir al santuario.

La seriedad en la voz de Leonardo me dejó sin aliento. Todavía no me acostumbraba a llamarle papá. Por lo que, seguía refiriéndome a él por su nombre.

—¿Santuario? ¿Qué es eso?

La curiosidad se me mezclaba con un leve temblor en el pecho.

—Ya lo verás.

No hubo más explicaciones. Asiento sin decir más y me limito a subir al coche junto a él y Salvatore.

El trayecto duró cerca de media hora. Cada vez nos alejamos más del bullicio urbano, yendo prácticamente a las afueras de la ciudad. Al llegar, descendí del vehículo y contemplé una estructura gris, vieja por fuera, pero extrañamente bien conservada.

Nos acercamos a la puerta. Leonardo colocó su dedo en un lector de huellas y la puerta se abrió automáticamente.

—Luego registraré tus datos —Comentó, mirándome con seriedad.

Al cruzar el umbral, una sensación gélida me envolvió. Hombres armados custodiaban los pasillos, imponentes, ajenos a nuestra presencia. Caminamos hasta una última puerta protegida por otro lector biométrico. Leonardo repitió el gesto, y la puerta se abrió con un grave zumbido. Dentro un grupo de hombres nos esperaba. En el centro de la sala, un hombre estaba atado de pies y manos a una silla de metal. No gritaba, ni lloraba. Solo nos observaba con una mezcla de terror y resignación.

Yo desconcertada por mi presencia en este lugar, decido preguntar.

—¿Para qué estamos aquí? —Inquiero, buscando entender la situación.

Mi padre me mira con seriedad antes de responder.

—Tienes que aprenderlo todo, y una lección fundamental es que debes dejar de lado los escrúpulos cuando alguien traiciona a la familia. Somos los jefes, y si alguien no nos respeta ni nos toma en serio, debemos hacer valer nuestro apellido.

—Entiendo —Respondo, tratando de procesar la severidad de sus palabras.

—Este hombre ha traicionado a la familia. Nos debe más de 2 millones de euros. Le di tiempo suficiente para pagar, pero a día de hoy no ha entregado ni un miserable céntimo —Explica mi padre, señalando al hombre atado.

—Por favor, Leonardo, te juro que yo... —El hombre no logró terminar su frase antes de que Salvatore se adelantara dándole un puñetazo que lo dejó inconsciente.

—Gracias, Salvatore. No tolero que me interrumpan —Gruñó Leonardo antes de volver a dirigirse a mí—. Como te decía, nos ha estafado y eso es algo que no puedo permitir.

Convertida en Mafiosa #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora