Dayla Wilson, es la hija del empresario más influyente de Seattle, ella lleva una vida como cualquier persona normal.
Como estudiante de derecho, aspira a convertirse en una de las abogadas más destacadas del país. Sin embargo, todo cambia una noch...
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Al día siguiente me levanté e hice lo de siempre. Saqué un rato a Kira y luego fui a la cocina a prepararme el desayuno. También le serví a Kira su comida y empecé a preparar la mía. Mientras tostaba el pan y servía el café, pensaba en el día que tenía por delante. Hoy era la fiesta que organizaba mi padre, por lo que, debía prepararme a tiempo.
Cuando terminé de desayunar, una somnolienta Anna apareció por la puerta de la cocina. Su pelo estaba revuelto y sus ojos apenas se mantenían abiertos. No sabía a qué hora había llegado anoche, pero se veía que no fue hasta muy tarde.
—Buenos días, Dayla —espetó bostezando.
—Buenos días, Anna. ¿Qué tal te fue ayer con el chico con el que saliste? —le pregunté, tratando de sonar animada.
—Nada bien, es un imbécil como todos —respondió con una mueca de disgusto.
—¿En serio?
Anna se dejó caer en una silla, suspirando profundamente mientras se frotaba las sienes.
—Sí, en serio. Todo empezó bien, parecía encantador, pero luego... ugh, no sé, todo fue cuesta abajo.
—¿Qué pasó? —Me serví otro café y le ofrecí una taza.
—Gracias —murmuró, aceptándola—. Pues, para empezar, pasó más tiempo hablando de sí mismo que escuchándome. Luego, se puso a presumir de su auto nuevo y de su trabajo, como si yo no tuviera nada mejor que hacer que impresionarme con eso.
Rodeé los ojos mientras tomaba un sorbo de mi café.
—Típico. ¿Y al menos te dejó en casa?
—Sí, pero no sin antes decir que deberíamos "repetirlo pronto" y que la próxima vez no me hiciese tanto la estrecha.
No pude evitar reírme.
—Bueno, al menos ahora tienes claro que no era el indicado.
—Sí, pero ya empiezo a cansarme de que ninguno lo sea —frustrada, apoyó la cabeza en la mesa—. ¿Qué hago mal, Dayla?
Me acerqué y le puse una mano en el hombro.
—No haces nada mal, Anna. Solo que a veces es mejor esperar un poco más, en lugar de conformarse con cualquier idiota que pase por ahí.
Anna levantó la vista hacia mí, con una leve sonrisa.
—¿Cómo es que tú siempre pareces tenerlo todo tan claro?
—Créeme, no lo tengo tan claro, pero al menos aprendí a priorizar lo que realmente quiero. Y en este momento, prefiero enfocarme en mí misma antes de perder tiempo con alguien que no vale la pena.
Anna suspiró.
—Tienes razón. Tal vez debería dejar de buscar tanto y simplemente dejar que las cosas fluyan.