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Las horas de vuelo habían transcurrido como un sueño intermitente, y finalmente, llegamos a Italia. Bajé del jet con Salvatore a mi lado, un hombre que se acercó nos indicó que subiéramos a uno de los coches aparcados. Sin hacer preguntas, me subí al vehículo junto a Salvatore, y pronto nos encontramos en camino hacia la carretera.

El trayecto transcurrió en silencio. Las calles se dibujaban tras los cristales oscuros mientras nos alejábamos del aeropuerto y nos adentrábamos en el corazón de la Toscana, hasta que el coche se detuvo frente a una imponente mansión. Su fachada de piedra antigua, cubierta por enredaderas. No se parecía en nada a la casa donde crecí; esta tenía una presencia casi intimidante.

El hombre que nos había llevado abrió la puerta y me invitó a bajar. Me sentí nerviosa mientras lo hacía. No sabía cómo reaccionaría mi padre biológico al verme, y lo peor era que ni siquiera tenía una imagen de él en mi mente, puesto que Salvatore siempre insistió en que era mejor conocerlo en persona.

Tomando mi mano, Salvatore me guió hacia la entrada principal de la mansión. A pesar de su aspecto un tanto anticuado desde afuera, el interior era sorprendentemente moderno y lujoso a mis ojos.

Caminamos por pasillos amplios y decorados con elegancia hasta llegar a unas imponentes escaleras. Subimos juntos, y nos detuvimos frente a una puerta. Salvatore golpeó suavemente. Desde dentro, una voz profunda respondió:

Avanti.

Con ese permiso, Salvatore abrió la puerta y me dio paso.

El despacho era amplio, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del sol. Un escritorio de madera oscura dominaba la habitación, y tras él, un hombre alto y de porte imponente se puso de pie. Nuestros ojos se encontraron. Él me observó en silencio por unos segundos que se sintieron eternos, luego comenzó a caminar hacia mí.

Cuando me abrazó, instintivamente lo acepté. Era una sensación extraña pero reconfortante, como si en algún nivel ya nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Cuando se separó, colocó sus manos en mi rostro con ternura.

—Mia figlia —Dijo con un acento italiano marcado mientras me miraba a los ojos—. Tienes los mismos ojos que ella.

Sabía que se refería a mi madre biológica. Las fotos que vi de ella hace meses me lo confirmaron.

—Sé que tendrás muchas preguntas, y estoy aquí para responderlas todas. Pero más que nada, quiero que te sientas segura y cómoda conmigo.

Asentí, sintiendo un torbellino de emociones dentro de mí. Era difícil asimilar todo esto de una vez, pero quería entender y aceptar mi nueva realidad.

—Sí, es difícil asimilarlo todo tan rápido. Aunque no estuviste conmigo todos estos años, entiendo que lo hiciste para protegerme. Crecí con dos personas maravillosas que creí que eran mis padres, y ellos me cuidaron como si fuera su propia hija.

Convertida en Mafiosa #1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora