Alec
—Olivera es un dolor en mi culo —se quejó Sebastián—. Deberías darle gracias a lo que sea que exista por librarte una semana de su puta clase.
—Intento arreglar esta habitación, ¿quieres guardar silencio? —le exigí, al mismo tiempo que recogí el desastre de papeles que por alguna razón desconocida estaban regados en el suelo.
Estaba cabreado porque algún imbécil había entrado a mi habitación y aunque no faltaba nada, me irritaba el desastre esparcido en el piso. Solo eran un montón de bocetos y garabatos que estaban lejos de llamarse dibujos, pero que había ordenado cuidadosamente antes de mi ausencia.
No mejoraba el hecho de que ahora tuviera que cuidar de Elena en el jodido instituto, y que tuviera que decirle a Kamila Petrova que lo lamentaba, pero que ya no sería mi jodida prometida, y aunque eso no lo hacía peor, todo en conjunto ponía mi vida patas arriba.
—Tal vez el señor simpatía deba usar botox antes de los treinta, ¿no le es suficiente con tener que quedar calvo como todos los europeos? —La voz burlona de Ethan vino desde el sofá. Mi mirada se conectó con la suya y la fuerte y estruendosa risa que soltó solo me calentó más la sangre.
—Simpática va a ser la forma en la que deje las caras de ambos si no cierran el hocico —expresé con vehemencia.
Mi tono mordaz no pareció tener ningún efecto, ya que siguieron riendo como si su vida dependiera de ello. En los días que había permanecido lejos del internado, algo había cambiado, pero no en Ethan, quien como siempre ocupaba sus días con una sonrisa sardónica, sino en Sebastián, que parecía molesto y casi resignado.
No era del tipo de persona que se detuviera a hacer interrogantes, por lo que si quería contarme, ya sería cosa suya. Sebastián era una persona que, a pesar de su presencia alegre y ruidosa, escondida más sombras en su cabeza que las que le gustaba en realidad mostrar.
Todos mis problemas y el exceso de tensión acumulada en mi cuerpo, me hizo soltar un suspiro, luego me dispuse a dejar a ambos a solas, no sin antes darles una mirada de advertencia para que cuidaran mi lugar. Necesitaba comprobar a mi hermana y si ya esta se había instalado sin mayor problema.
Sabía que iban a asignar a Bri como su guía y aunque ambas estaban unidas como uña y mugre, la idea no me causaba gracia. Antes de volver, Elena y yo habíamos tenido una larga conversación y aunque no existieron reclamos por su parte, pude sentir que no estaba totalmente conforme con lo que estaba pasando con Brianna.
No era una molestia poco argumentada, más bien se parecía al efecto de saber que su hermano se había metido con su amiga y por cuestión lógica, a la mayoría de las personas aquello nos les hacia ninguna gracia.
Al salir, me dispuse a caminar desde mi dormitorio, hasta el dormitorio femenino, en donde se suponía iba a encontrarme con Elena. Me habían dado un pase especial para ayudar a mi hermana con su adaptación y la instalación de lo que supone era su habitación; una tarea sencilla, ya que no necesitaba grandes cosas para vivir en aquel lugar.
Sí, de seguro no sería fácil, mientras yo tenía cuatro años lejos de casa, esta nunca se había separado de las faldas de nuestra madre; estaba acostumbrada a una vida diferente y gente que en realidad la amaba y en San Jorge no iba a encontrar eso. No era muy tarde en la noche, pero ya la cena había pasado y el toque de queda comenzaba entre las nueve y las diez.
Solo debía dar una visita rápida, comprobar que todo estaba en orden y regresar a mi habitación sin muchas molestias.
El recorrido lo conocía de memoria, pero podía decir con certeza que prefería el camino por el bosque, que por el patio principal y tener que pasar frente a la torre del campanario y la capilla. En una noche como aquella, cuando los pensamientos confusos y divagaciones se apoderaban de mi cerebro, era común encerrarme en el taller de arte por horas, sentarme frente a mi torno y modelar cualquier cosa, pero últimamente estaba enfrentando un bloqueo creativo que no me dejaba posibilidad de nada.
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Psicosis: bajos instintos
Teen FictionUna chica sumisa dispuesta a complacer. El chico más peligroso del internado queriendo saber hasta dónde pueden llegar.
