La tarde siguiente cayó pesada, con ese cielo gris de octubre que amenaza lluvia pero nunca cumple. Gina había aceptado reunirse con Matteo en un café pequeño cerca de Union Square, uno de esos lugares con mesas de madera gastada y luz tenue que hacen que las conversaciones parezcan más íntimas de lo que deberían. No fue idea suya; él insistió por mensaje, diciendo que “solo quería aclarar las cosas en persona, sin malentendidos por texto”. Ella dijo que sí porque pensó que era la forma más limpia de poner fin definitivo a la ambigüedad. Límites claros, cara a cara. Nada más.
Llegó diez minutos tarde a propósito. Matteo ya estaba sentado en una mesa al fondo, con dos cafés delante: el de ella exactamente como le gustaba (cortado, sin espuma, doble shot). Se levantó cuando la vio entrar, sonrisa calmada, como si nada hubiera pasado.
—Gracias por venir —dijo, y le rozó el brazo con los dedos al apartar la silla para ella. Un gesto automático, de los que antes eran costumbre. Ella se tensó, pero no lo apartó de inmediato. Se sentó.
Hablaron de cosas neutras al principio: el proyecto de la fundación, el clima que se ponía frío demasiado pronto, un documental que ambos habían visto. Matteo hablaba despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo, como si quisiera memorizar cada parpadeo. Gina respondía con frases cortas, manteniendo las manos alrededor de la taza para tener algo que hacer.
Entonces él cambió el tono.
—Sé que te he incomodado estas semanas. No era mi intención. Solo… —bajó la voz— cuando te veo con James, o cuando pienso en lo que tuvimos, me cuesta soltar. Pero no quiero perderte del todo. Ni como amiga. Ni como lo que sea que podamos ser algún día.
Gina respiró hondo.
—Matteo, ya te lo dije. Amistad con límites. Eso significa no aparecer sin avisar, no dejar regalos en la puerta, no mensajes a las tres de la mañana. Y significa aceptar que James y yo estamos… en algo. No sé qué, pero está ahí. Y tú no puedes seguir orbitando esperando que fracase.
Él asintió despacio, pero sus ojos no se apartaron de los de ella.
—Lo entiendo. De verdad. Solo quería verte una última vez para decirte que lo siento. Y que si alguna vez cambias de idea…
—No voy a cambiar de idea.
Silencio.
Matteo estiró la mano por encima de la mesa y la posó sobre la de Gina, que seguía alrededor de la taza. No fue un agarre fuerte; fue suave, casi tierno. Los dedos se deslizaron un poco, cubriendo los nudillos de ella. Un gesto que en otro tiempo habría significado cariño. Ahora solo provocó que el estómago de Gina se contrajera.
—Gina… —murmuró él, inclinándose apenas—. Solo quiero que sepas que sigo viéndote como la persona más importante que he tenido.
Ella sintió el calor de su palma. Y algo dentro se desconectó.
No fue rabia. No fue miedo consciente. Fue una especie de apagón emocional: el cuerpo actuando antes que la mente pudiera procesar. Sus cinco sentidos se nublaron por un segundo —el olor a café quemado, el murmullo de las mesas vecinas, la luz amarilla que entraba por la ventana— todo se volvió ruido blanco.
Sin pensarlo, sin decidirlo, Gina giró la muñeca con rapidez y precisión, como si estuviera practicando un movimiento de defensa que había visto mil veces en vídeos pero nunca usado. El dorso de su mano empujó la de Matteo hacia arriba y hacia afuera, rompiendo el contacto con un golpe seco pero controlado. No fue violento. Fue definitivo. La taza de él se tambaleó, un poco de café salpicó la mesa.
Matteo se quedó congelado, los ojos abiertos de sorpresa genuina.
Gina parpadeó, volviendo en sí misma como si hubiera salido de un trance corto. Miró su propia mano, luego la de él, que ahora descansaba retirada sobre la mesa.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
