Cap 27

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Matteo bajó las escaleras del sótano solo, el sonido de sus zapatos italianos de cuero resonando como latidos en el silencio húmedo. Enzo le había dado diez minutos. «Haz lo que tengas que hacer, pero no la toques más de lo necesario», le había ordenado el viejo con esa sonrisa fría. Pero Matteo ya no escuchaba órdenes. No cuando se trataba de ella.

Gina levantó la cabeza al oírlo entrar. Tenía los ojos hinchados de llorar, la mordaza colgando ahora de su cuello porque Enzo se la había aflojado antes de subir. El vestido blanco estaba arrugado, una mancha oscura de sangre seca en el hombro donde la habían golpeado al meterla en la furgoneta. Su vientre se marcaba ligeramente, y Matteo no podía dejar de mirarlo.

Se acercó despacio, como si se aproximara a un animal herido. Se acuclilló frente a ella otra vez. Con una mano temblorosa, le tomó la mejilla. Su pulgar acarició la piel suave, limpiando una lágrima reciente con una delicadeza que contrastaba con todo lo que había hecho.

—Mi principessa… —susurró, la voz ronca de emoción—. Mírate. Tan frágil. Tan mía. Él no puede protegerte. Nunca pudo. Pero yo sí. Yo siempre pude. Solo tienes que amarme como antes. Como cuando éramos tú y yo contra el mundo. Dime que sí y te saco de aquí ahora mismo. Te llevo lejos. Al ático de Roma que te gustaba tanto. Criaremos a ese bebé juntos. Yo seré el padre que él nunca podrá ser.

Gina sintió asco subirle por la garganta. Apartó la cara con todo el movimiento que le permitían las ataduras, pero él no la soltó. La caricia continuó, suave, obsesiva.

—Matteo… suéltame —dijo con la voz rota pero firme—. Eso es imposible. Ahora te detesto más que nunca. Más que cuando me dejaste tirada como basura hace tres años. Más que cuando supe que eras un monstruo. Yo amo a James. Lo amo con todo lo que soy. Y voy a tener un hijo con él. Con el hombre que me hace sentir segura y que me besa cada noche como si fuera lo más sagrado del mundo. No contigo. Nunca más contigo.

Las palabras cayeron como balas.

Algo dentro de Matteo se rompió.

Sus ojos, antes llenos de aquel anhelo enfermizo, se oscurecieron de golpe. La mano que acariciaba su mejilla se cerró en un puño tembloroso contra su propia pierna. Se levantó de un salto, la respiración agitada.

—¿Un hijo con él? —repitió, la voz subiendo de tono—. ¿Con ese traidor? ¿Con el hijo de puta que me quitó todo? ¿Que me quitó a ti?

Gritó de frustración, un rugido animal que rebotó contra las paredes de hormigón. Con un movimiento violento barrió la mesa oxidada: la copa de whisky de Enzo se estrelló contra el suelo, el líquido salpicando como sangre. Luego fue la silla, que voló contra la pared y se partió en dos. Golpeó la bombilla colgante con el puño; la luz parpadeó salvajemente antes de estallar en chispas, dejando el sótano casi a oscuras, solo iluminado por la claridad que entraba desde el pasillo.

—¡Maldita sea! —aulló, tirando una caja de herramientas, pateando una silla plegable que se estrelló contra la puerta—. ¡Todo por él! ¡Todo! ¡Yo te amaba primero! ¡Yo te vi primero! ¡Y ahora vas a parir a su bastardo mientras yo me pudro aquí, por ti!

Se giró hacia ella, el pecho subiendo y bajando como un animal enjaulado. Tenía los nudillos sangrando, los ojos desorbitados. Por un segundo pareció que iba a lanzarse sobre ella, pero se detuvo. Respiró hondo, temblando.

—Vas a arrepentirte de esto, Gina —dijo, la voz ahora baja, peligrosa, casi un susurro—. Cuando James venga… y elija mal… vas a rogarme que te proteja. Y entonces… entonces me amarás otra vez. Aunque tenga que romperte para conseguirlo.

Subió las escaleras sin mirarla, dejando la puerta abierta. Afuera, en la noche de Red Hook, el Porsche de James acababa de detenerse frente al almacén 17.

Una Simple Casualidad Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora