Gina
Los días siguientes fueron un borrón extraño y silencioso. Mihai no contestaba mensajes, no aparecía en el grupo de chat, ni siquiera respondía a las fotos que Víctor subía de la cafetería nueva. Yo pasaba las mañanas en el penthouse, mirando el cuadro que me había regalado —esa acuarela de la cafetería de Bucarest con mi silueta sentada en la mesa— y sentía un nudo en el pecho que no se aflojaba. Guardaba el secreto del anillo como si fuera un tesoro frágil: James y yo aún no lo habíamos hecho oficial delante de nadie. Ni Ali, ni Andrei, ni Víctor… y mucho menos Mihai. Era nuestro, por ahora. Solo nuestro.
El viernes por la tarde, cuando ya no aguantaba más el silencio, fui a buscarlo. Sabía dónde vivía: un pequeño estudio en Bushwick que compartía con un fotógrafo amigo. Toqué el timbre y, para mi sorpresa, me abrió sin preguntar quién era.
Estaba descalzo, con una camiseta vieja y el pelo revuelto, como si no hubiera dormido en días. Sus ojos se abrieron un poco más al verme, pero no dijo nada. Solo se hizo a un lado para dejarme pasar.
El estudio olía a café frío y a pintura. Había lienzos apoyados contra la pared, bocetos a medio terminar. En uno de ellos reconocí el Flatiron Building, pero con mi silueta borrosa al frente, como si me hubiera dibujado sin querer.
—Llevo días sin saber de ti —dije, cerrando la puerta detrás de mí. La voz me salió más baja de lo que pretendía.
Mihai soltó una risa corta, sin humor, y se pasó la mano por la cara.
—¿Y qué querías que te dijera, Gina? ¿“Felicidades por tu nueva vida perfecta con James”? ¿Que estoy feliz por el penthouse y el vestido rojo y todo lo que él puede darte?
Se dejó caer en el sofá viejo, apoyando los codos en las rodillas. Por primera vez desde que lo conocía, lo vi quebrarse un poco.
—Te vi esa noche en el club —continuó, la voz ronca—. Vi cómo te miraba él. Cómo te sacó de la pista como si fueras suya. Y yo… yo solo pude quedarme ahí, con el roce de tus labios todavía quemándome. ¿Sabes cuánto tiempo llevo callando esto? Dos años, Gina. Dos años viéndote reconstruirte, viéndote sonreír de nuevo, preparándote café los jueves porque era la única forma que tenía de decirte que estaba ahí. Y ahora… ahora él aparece con todo y yo solo tengo un cuadro y un “gracias, es hermoso”.
Las palabras salieron de él como si las hubiera estado conteniendo demasiado tiempo. Se levantó de golpe y empezó a caminar por el pequeño espacio, gesticulando.
—Soy arquitecto, no idiota. Sé leer edificios, sé leer personas. Y te leo a ti desde el primer día. Sé que lo quieres. Sé que te hace feliz. Pero también sé que cuando bailamos, cuando te toqué la cintura… tú no te apartaste. Y eso me está matando, Gina. Porque yo no puedo darte un penthouse, ni un armario lleno de ropa que valga más que mi sueldo de un año. Solo puedo darte esto —señaló los lienzos, la cafetería pintada, su propio corazón abierto—. Y parece que no es suficiente.
Me quedé quieta, el corazón latiéndome con fuerza. Luego, sin pensarlo, empecé a hablar yo también. Las palabras salieron atropelladas, honestas, como si por fin pudiera soltar lo que llevaba guardado.
—Tú tampoco sabes lo que es esto para mí, Mihai. Guardar el secreto, sonreír en la cafetería como si todo estuviera perfecto, mientras siento que te estoy traicionando cada vez que miro ese cuadro. Tú fuiste mi estabilidad cuando todo se caía. Fuiste los jueves, el café perfecto, la mirada que nunca pedía nada. Y sí, ese roce en el club… me dolió a mí también. Porque una parte de mí todavía te quiere de una forma que no sé explicar. Pero James… James me vio rota y decidió quedarse. Me dio un hogar cuando yo no tenía nada. Y no puedo seguir fingiendo que no lo elijo a él.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
