James
Los días siguientes se sintieron como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero. Pedimos un permiso corto en la oficina —dos semanas, nada más, pero suficientes
Volvimos a la casa de Brooklyn como si fuera lo más natural del mundo. Apolo nos recibió en la entrada con saltos y ladridos que hacían eco en el vestíbulo, y Elena apareció con una bandeja de galletas recién horneadas, como si supiera que íbamos a necesitar algo dulce para empezar el día.
—No quiero que hagan nada productivo —nos dijo con ese tono que no admitía réplica—. Solo que disfruten
Y eso hicimos.
Las mañanas eran para dormir hasta tarde, para desayunar en la cama con migas por todas partes y risas por tonterías. Las tardes, para caminar por el patio hasta que las piernas nos dolían, hablando de todo y de nada. Y las noches… las noches eran para la biblioteca.
La biblioteca era mi lugar favorito de la casa. Techos altos con molduras de madera oscura, estanterías que llegaban hasta el cielo, una escalera rodante de bronce que parecía sacada de una película antigua, sillones de cuero que olían a libros viejos y a tabaco que nadie fumaba ya. Había una chimenea siempre encendida, y una ventana enorme que daba al bosque, donde las luces de la ciudad ni siquiera se veían.
Una tarde, mientras llovía suave afuera, nos instalamos allí con mantas y té. Más tarde saqué un álbum de fotos antiguo que Elena había guardado en el estante más bajo, como si supiera que algún día lo íbamos a necesitar.
—Mira esto —dije, abriendo la tapa con cuidado—. Tenía siete años y decidí que la fuente necesitaba “mejoras artísticas”.
La foto mostraba a un James diminuto, con el pelo revuelto y las rodillas llenas de barro, sosteniendo un bote de pintura roja y la fuente tenía rayas rojas , como si fuera una guerrera tribal. Elena aparecía al fondo, con las manos en las caderas y una expresión que era mitad horror, mitad diversión contenida.
Gina soltó una carcajada que resonó en la habitación.
—¿Le pintaste corazones?
—Pensé que se veía aburrida —explique, encogiéndome de hombros—. Elena me persiguió por todo el jardín con una manguera. Corrí tan rápido que tropecé con el borde de la fuente y me caí de cabeza al agua. Salí empapado, con pintura roja chorreándome por la cara, y ella me miró y dijo: “Si vas a ser artista, al menos aprende a no ahogarte en tu propia obra maestra”.
Me reí tanto que me dolía el estómago.
—¿Y qué pasó después?
—Elena me obligó a limpiar la fuente yo solo. Con un cepillo de dientes. Tardé tres días. Cada vez que pasaba por ahí, me decía: “¿Ves? El arte duele, pequeño. Pero la limpieza duele más”.
Seguimos pasando páginas. Otra foto: James de diez años, subido a un árbol con un gato naranja que había rescatado de quién sabe dónde. El gato tenía cara de “sácame de aquí”. James, en cambio, sonreía como si hubiera conquistado el Everest.
—Ese gato se llamaba Sir Whiskers —conte—. Lo subí al árbol para que “tuviera vista panorámica”. Elena me encontró llorando porque el gato no quería bajar. Tuve que llamar a los bomberos. Llegaron dos camiones. El jefe de bomberos me miró y dijo: “Chico, la próxima vez que quieras hacer turismo felino, usa una escalera”.
Gina se limpió una lágrima de risa.
—Eres un desastre adorable desde pequeño.
sonrei, pero era una sonrisa tierna, un poco avergonzada.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
