Cap 35

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James

Entré en su apartamento con pasos tentativos, el espacio pequeño cerrándose alrededor de mí como un abrazo incómodo. Era tan diferente a nuestro viejo departamento en Nueva York: paredes blancas agrietadas, un sofá desgastado que hacía las veces de sala, una cocina minúscula con platos apilados en el escurridor, y una cama individual contra la ventana que daba a una calle empedrada. Olía a café rumano fuerte y a libros viejos, un aroma que no asociaba con la Gina que conocía, pero que ahora era parte de esta versión de ella: Irina, la mujer que había forjado una vida sola, lejos de todo lo que la había roto.

Cerró la puerta detrás de nosotros con un clic suave, y nos quedamos de pie en el silencio, mirándonos como si fuéramos extraños en un territorio desconocido. Ella se movió primero, yendo a la cocina para servir dos vasos de agua de una jarra en la nevera.

—Toma —dijo, extendiéndome uno—. Siéntate donde quieras.

Me senté en el sofá, el vaso frío en mis manos un ancla contra el torbellino en mi pecho. Ella se sentó en el borde de la cama, frente a mí, las rodillas casi tocándose las mías, pero manteniendo esa distancia invisible que dolía más que cualquier golpe.

—James... —empezó, mirando el vaso como si allí encontrara las palabras—. Lo que dijiste en el pasillo... me dio que pensar. Mucho. No puedo imaginar cómo fueron estos dos años para ti. Buscándome, sin saber nada... debe haber sido un infierno.

Asentí, la garganta apretada.

—Fue peor que cualquier cosa que haya vivido. Peor que mi pasado. Porque antes, al menos tenía control. Pero perderte a ti... fue como perder una parte de mí. Y el bebé... Dios, Gina, cada noche soñaba con él. Con cómo sería, con su risa, con verte sosteniéndolo. Y despertaba solo, en esa cama vacía, oliendo tu perfume en las sábanas que no lavaba porque era lo único que me quedaba de ti.

Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, y esta vez no las contuvo. Rodaron por sus mejillas, silenciosas.

—Yo también soñaba con él —susurró—. Con ella. No sabía el sexo, pero siempre la imaginaba como una niña con tus ojos. Y despertaba sola, en cama extraña, en ciudades que no conocía, y el vacío... el vacío era insoportable.

Nos miramos, el dolor compartido flotando entre nosotros como un puente frágil. Extendí una mano, despacio, y ella la tomó, entrelazando sus dedos con los míos. Su piel era cálida, familiar, como si nunca hubiéramos estado separados.

—Huí porque no podía enfrentar la verdad —admitió ella—. La traición. El dolor. Pensé que si me iba, si empezaba de cero, podría olvidar. Pero no se olvida, James. Solo se entierra. Y cada vez que veía a una pareja feliz, o a una madre con su bebé... todo volvía.

La apreté la mano.

—No fue traición. Te lo juro por lo que más quiero —que eres tú—. Sharon y Enzo me drogaron. Me inyectaron algo en el cuello. Desperté confuso, solo, y cuando supe lo que había pasado... Gina, quise morir. Quise matarlos a todos. Pero en cambio, te busqué. Día y noche.

Ella asintió, secándose las lágrimas con la manga libre.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó al cabo de un rato.

—Steve. Investigación, fotos de cámaras de seguridad, análisis facial. No fue fácil.

—Dos años —murmuró—. Dos años buscándome.

—Cada segundo de ellos.

Ella bebió un sorbo de té, sus ojos fijos en la taza.

—Podría haber sido para siempre. Si no me hubieras encontrado.

Una Simple Casualidad Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora