Gina
Me quedé en las escaleras un segundo más, con la mano en la puerta, respirando como si hubiera corrido una maratón. El frío del suelo me quemaba las plantas de los pies descalzos, pero no lo sentía .
Subí los escalones de dos en dos, sin mirar atrás. No podía. Si lo hacía, sabía que me derrumbaría ahí mismo, en la entrada, delante del portero que ya fingía no mirar.
Dentro del apartamento, el silencio era peor que cualquier grito. La tarta seguía en la mesa, las velas apagadas y retorcidas, la cera endurecida como lágrimas secas. El brazalete de Matteo brillaba inocente en su caja azul sobre la encimera. Y el estuche del anillo de James…
Me quité el abrigo de cualquier manera y me dejé caer en el sofá. Me abracé las rodillas contra el pecho y lloré. No con sollozos dramáticos, sino en silencio, con esa llorera profunda que te vacía por dentro. Lloré por todo lo que habíamos dicho, por todo lo que habíamos roto, por todo lo que nunca volvería a ser igual.
Las horas pasaron sin que me diera cuenta. En algún momento me arrastré hasta la cama y me quedé mirando el techo hasta que amaneció. No dormí. Solo repetía en bucle cada palabra cruel que nos habíamos lanzado, buscando cuál había sido la que lo mató todo de verdad.Los días siguientes fueron un borrón gris.
No contesté sus llamadas las primeras cuarenta y ocho horas. Luego dejó de llamar. Vi sus mensajes: primero desesperados, luego furiosos, luego fríos. El último fue breve: «Me voy a Londres un mes por trabajo. Lo siento.»Lo leí diez veces. «Lo siento.» Como si con eso bastara.
Como si un «lo siento» pudiera pegar los pedazos del anillo aplastado en la calle, o borrar la imagen de él con Sharon, o hacer que olvidara que me había llamado puta indirectamente delante de mi propio edificio.Borré el mensaje. Bloqueé su número. No por rabia (aunque la rabia seguía ahí, ardiendo bajito), sino por supervivencia.
Si seguía leyendo sus palabras, seguiría sangrando.El trabajo fue un infierno. Tuve que pedir excedencia de dos semanas porque no podía concentrarme. Cada esquina del oficina olía a él: su colonia, su café favorito en la máquina, la sala de reuniones donde nos besamos por primera vez a escondidas. Tuve que evitarla como si estuviera contaminada.
Papá me llamó varias veces, preocupado. Le dije que James y yo todo bien, nada más. No quise contarle los detalles. No quería que lo odiara por mí, ni que me odiara a mí por haberle mentido tanto tiempo.
Matteo también escribió. Un mensaje sencillo desde Arizona: «Oí que las cosas no salieron bien. Si alguna vez necesitas hablar, aquí estoy.»
Lo leí y sentí una punzada extraña. No era deseo de volver con él. Era solo… nostalgia por una época en la que las decisiones parecían más simples. Pero no respondí. No estaba lista para nada que no fuera estar rota en paz.
Las noches eran las peores. Me despertaba a las tres de la mañana con el corazón acelerado, convencida de que había oído la puerta. Imaginaba que él volvía, con la nieve aún en el pelo, diciendo que había sido un error, que el anillo no importaba, que podíamos empezar de cero.Pero la puerta nunca se abría.
Ahora, casi un mes después, sigo aquí. Funciono. Salgo con amigas que me obligan a ducharme y comer. Sonrío cuando hace falta. Pero por dentro llevo una grieta que no cierra.A veces pienso en él en Londres, caminando bajo otra lluvia fina, en reuniones importantes, durmiendo en un hotel impersonal. Me pregunto si también se despierta a las tres de la mañana.
Me pregunto si mira su teléfono esperando un mensaje mío que nunca va a llegar.Y me odio un poco por seguir preguntándomelo.Porque aunque nos destrozamos mutuamente aquella noche en la nieve, una parte de mí (la más estúpida, la que aún sangra) sigue esperando que cuando vuelva, algo, cualquier cosa, pueda arreglarse..
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
