Gina
El amanecer se colaba entre las cortinas cuando por fin nos quedamos quietos. La ciudad despertaba allá abajo, indiferente al pequeño universo que habíamos construido entre estas cuatro paredes. James estaba tendido boca arriba, una mano detrás de la nuca, la otra rodeándome la cintura con esa posesión relajada del que ya no tiene nada que demostrar. Yo estaba acurrucada contra su costado, la mejilla apoyada en su pecho, escuchando el latido de su corazón que poco a poco volvía a un ritmo normal.
Sus dedos dibujaban círculos perezosos en mi cadera desnuda. El silencio entre nosotros ya no era tenso ni pesado. Era un silencio nuevo, lavado, como el cielo después de una tormenta. Las sábanas blancas estaban hechas un desastre, la ropa esparcida por el suelo como migas de pan que marcaban el camino desde la puerta del ascensor hasta aquí.
—¿En qué piensas? —murmuró James, la voz ronca por el cansancio y algo más profundo.
Levanté la cabeza para mirarlo. Tenía los ojos entrecerrados, el pelo revuelto, una sombra de barba oscureciéndole la mandíbula. Estaba ridículamente guapo así, vulnerable y poderoso al mismo tiempo.
—En que deberías dormir —respondí, dibujando con un dedo la línea de su clavícula—. Apenas has descansado.
—Dormir es para los que no tienen una mujer desnuda en la cama pidiéndoles que le enseñen a disparar.
Me quedé quieta. Mi dedo se detuvo en su esternón.
—No te lo he pedido todavía.
—No hacía falta. —Abrió los ojos del todo y me miró con esa intensidad que siempre me desarmaba—. Llevas semanas dándole vueltas. Lo veo en cómo te tensas cuando pasamos por ciertas calles. En cómo miras por encima del hombro cuando crees que no me doy cuenta.
Aparté la mirada, de repente interesada en el lunar que tenía justo debajo de la clavícula izquierda.
—Gina. —Su mano subió por mi espalda hasta enredarse en mi nuca, obligándome suavemente a levantar la cara—. Mírame.
Lo hice. Sus ojos azules me sostuvieron sin juicio, solo con esa mezcla de protección y respeto que siempre me hacía sentir segura.
—No tienes que avergonzarte por tener miedo —dijo—. Lo que viviste… lo que te hicieron… eso no se supera fingiendo que no pasó. Se supera recuperando el control. Y si aprender a disparar y a pelear te ayuda a recuperarlo, entonces empezamos mañana mismo.
—¿Mañana? —Parpadeé, sorprendida—. ¿Así, sin más?
—Así, sin más. —Sonrió, una sonrisa torcida que me derritió un poco por dentro—. Tengo un campo de tiro privado en el sótano del edificio. Y un gimnasio con tatami. No te lo había dicho porque no quería presionarte. Pero si estás lista, yo estoy listo.
Me incorporé sobre un codo, el corazón acelerado por algo que no era miedo sino anticipación.
—¿En serio tienes un campo de tiro en el sótano?
—Tengo muchas cosas en el sótano que no te he enseñado todavía. —Su sonrisa se ensanchó, pícara—. Soy un hombre lleno de secretos, Gina. Deberías saberlo ya.
Le di un golpecito en el pecho, fingiendo enfado.
—Idiota.
—Tu idiota.
—Mi idiota —concedí, y me incliné para rozar sus labios con los míos, un beso suave, casi casto, que contrastaba con todo lo que habíamos hecho horas antes.
James aprovechó para rodearme con ambos brazos y tirar de mí hasta que quedé completamente tendida sobre su pecho. Su barba raspaba mi mejilla, sus manos se posaron en la parte baja de mi espalda, justo donde la curva se encontraba con el inicio de mis muslos.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
