Cap 36

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GINA

Desperté envuelta en calor.

Esa fue la primera conciencia que tuve al abrir los ojos: el peso de un brazo sobre mi cintura, el aliento cálido en mi nuca, el latido de un corazón contra mi espalda.

Me quedé inmóvil, escuchando su respiración pausada. Dormía profundamente, agotado por la semana, por la discusión, por todo. Yo, en cambio, había dormido como no lo hacía en meses. Sin pesadillas. Sin despertar sobresaltada pensando que alguien entraba. Solo sueño negro, profundo, reparador.

¿Era él? ¿Era su presencia lo que me había dado esa paz?

La pregunta flotó en mi mente mientras me giraba lentamente, cuidando no despertarlo. Y entonces lo vi: su rostro relajado por el sueño, la barba crecida, las arrugas alrededor de sus ojos que antes no estaban. Dos años. Dos años nos habían marcado a ambos.

Mi mano se movió sola, trazando el contorno de su mandíbula sin tocarlo, solo siguiendo la línea en el aire. Tan cerca. Tan lejos.

Sus ojos se abrieron de repente, encontrándome. Por un instante, vi confusión en ellos, ese momento de "¿dónde estoy?" antes de que el reconocimiento llegara. Y cuando llegó, cuando me vio allí, mirándolo, algo brilló en su mirada que me hizo contener el aliento.

—Buenos días —susurró, su voz ronca de sueño.

—Buenos días.

El silencio se estiró, cómodo pero cargado. Su mano en mi cintura apretó ligeramente, un gesto inconsciente, y yo sentí el calor extenderse por mi piel como un incendio lento.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

Asentí.

—Tú también, parece.

—Mejor que en años. —Sonrió, una sonrisa pequeña, tentativa—. Supongo que tener a la persona correcta en brazos ayuda.

Mi corazón dio un vuelco. Aparté la mirada, sentando en la cama.

—Debería preparar café.

Su mano atrapó la mía antes de que pudiera levantarme.

—Gina.

Me detuve, sin mirarlo.

—¿Sí?

—¿Estás bien? ¿Anoche... estás bien con lo que pasó?

Suspiré, girándome para enfrentarlo. Su expresión era sincera, preocupada, sin rastro de la intensidad de anoche.

—Estoy bien. —Hice una pausa—. Mejor que bien. Dormir así... no recordaba lo que se sentía.

Él asintió, soltando mi mano con suavidad.

—Entonces bien. Tú ve a hacer café. Yo... me doy una ducha, si puedo.

—Hay toallas en el armario del baño.

Se levantó, y por un segundo lo vi ahí, en boxers y camiseta, el sol de la mañana iluminando su espalda, y tuve que apartar la mirada rápidamente. Dos años de abstinencia. Dos años sin sentir el peso de un hombre a mi lado. Y él estaba allí, tan familiar, tan deseable, que dolía.

En la cocina, mientras el café goteaba lentamente, apoyé las manos en la encimera y respiré hondo. Control, me dije. Tienes que controlar esto. No puedes lanzarte a sus brazos como si nada. No después de todo.

Pero cuando James salió de la ducha, con el pelo mojado y una camiseta limpia que había sacado de su mochila, el aroma de su gel mezclándose con el café... mis manos temblaron al servir las tazas.

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