El 14 de febrero cayó en jueves, y la oficina se convirtió en un infierno rosa y cursi.
Corazones de papel pegados en cada cristal, globos con forma de corazón flotando en el techo de la sala de descanso, mensajes de “te quiero” en las pizarras digitales de los ascensores, bombones repartidos por secretaría con tarjetas que decían “Para mi persona favorita en el trabajo”. Hasta el correo corporativo mandó un recordatorio de “¡Celebremos el amor en equipo!” con un emoji de pareja besándose.
Gina lo odió todo.
Cada vez que pasaba por el pasillo y veía a alguien regalando flores o recibiendo chocolates, sentía un nudo de irritación en el estómago. No era envidia. Era rabia contenida contra el mundo por fingir que el amor era algo fácil, bonito y envuelto en celofán rojo. Ella sabía que no lo era. Lo había vivido en carne propia, y la herida aún sangraba cuando alguien la rozaba.
Se pasó el día entero con auriculares puestos, contestando correos con monosílabos y evitando cualquier conversación que no fuera estrictamente laboral. Cuando James pasó por delante de su despacho —como hacía cada mañana desde aquella noche en la sala de conferencias— ella ni siquiera levantó la vista. Él se detuvo un segundo en la puerta, como si quisiera decir algo, pero al final siguió de largo. Gina soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
A las seis de la tarde, cuando la oficina empezó a vaciarse con gente que tenía cenas románticas o citas, Ali la interceptó en el ascensor.
—Esta noche salimos, no acepto un no. Nada de quedarte en casa viendo Netflix y comiendo helado sola como en las películas tristes.
Gina sonrió de medio lado.
—No estoy de humor para corazones ni velitas.
—Precisamente por eso vamos a un antro, no a un restaurante con velas. Música alta, alcohol barato, gente sudada bailando como si el mundo se acabara mañana. Perfecto para olvidar que hoy es el día del amor.
Gina dudó un segundo.
—¿Quién va?
—Nosotros. Tú, yo, Alexander, un par de chicas del marketing… y Steve insistió en venir. Dice que necesita “despejarse”. No preguntes.
Gina se encogió de hombros.
—Vale. Pero si veo un solo globo rojo, me largo.
Ali rio.
—Prometido. Nos vemos a las nueve .
El antro viejo en el centro, luces estroboscópicas, reggaetón mezclado con techno, barra pegajosa y un olor a perfume barato y sudor que te golpeaba al entrar. Perfecto para perderse.
Gina llegó pasadas las diez, con un vestido negro corto, tacones altos y el pelo suelto. Se había maquillado los ojos más de lo habitual, como si quisiera recordarse a sí misma que seguía siendo capaz de sentirse deseada. Pidió tres tequilas seguidos en la barra y los bajó de un trago. El ardor le subió por la garganta y le calentó el pecho. Bien. Eso era lo que necesitaba.
Alexander apareció poco después, con una camiseta negra ajustada y esa sonrisa fácil que siempre la hacía sentir menos rota.
—Estás… wow —dijo, mirándola de arriba abajo.
Ella rio, ya con el primer subidón del alcohol.
—Calla y baila conmigo.
La pista estaba abarrotada. La música retumbaba en el pecho. Gina se dejó llevar. Bailaba con los ojos cerrados al principio, moviendo las caderas al ritmo, sintiendo cómo el vestido se le subía un poco por los muslos. Alexander se pegó a ella por detrás, manos en su cintura, bailando al mismo compás. No era nada sexual todavía, solo dos amigos divirtiéndose.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
