Cap 25

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James

Después de esa gran noticia continúamos con nuestra rutina aún sin decirle a alguien que seríamos padres, ni siquiera Steve ni Ali.
Gina estaba preparando algo especial.

Yo necesitaba continúar con lo que había despertado. Así que Gina se quedó junto a sus padres mientras platicaban de nuevos proyectos y fuera de la mansión había mucha seguridad.

[...]

La puerta de la gran mansión se cerró detrás de mí con un clang metálico que resonó como un eco del pasado. El aire olía a aceite viejo, café quemado y a esa pólvora invisible que siempre flotaba en los lugares donde se toman decisiones que no se escriben en ningún papel. Marco me había dejado solo en la oficina del fondo, esa habitación pequeña con paredes pintadas de gris y un escritorio de madera que había sobrevivido a más peleas de las que yo podía contar.

Me senté en la silla de cuero  —la misma que usaba antes— y el crujido fue como un saludo incómodo. Encendí la lámpara de escritorio, la única luz cálida en medio de la penumbra. Sobre la mesa: la carpeta que Marco había dejado preparada, fotos granuladas, nombres subrayados en rojo, un mapa con chinchetas clavadas como heridas. Todo listo para que yo volviera a ser quien fui.

Apoyé los codos en la mesa y me pasé las manos por la cara. El silencio era denso, pero dentro de mi cabeza era ensordecedor.

Cerré los ojos y dejé que los recuerdos entraran, sin resistencia. No había forma de evitarlo. Estaban ahí, esperando, como perros viejos que reconocen a su dueño aunque él haya intentado olvidarlos.

Recordé las noches en las que esta misma oficina estaba llena de humo de cigarrillos caros y risas bajas. Yo sentado exactamente donde ahora, con la camisa remangada, el gran reloj de oro y diamantes que todavía llevaba puesto marcando las tres de la mañana. Hombres que entraban y salían con informes: “El cargamento de Miami está limpio”, “El tipo de Queens habló más de la cuenta”, “Hay que limpiar la escena antes de que amanezca”. Yo asentía, daba órdenes cortas, precisas. Nunca gritaba. No hacía falta. Cuando James decía algo, el mundo se ajustaba.

Recordé el poder. No el que viene con trajes y millones de dólares y vistas al Hudson. El otro. El que se siente en la nuca cuando entras a un bar y todos bajan la mirada. El que te permite decidir quién respira un día más y quién no. El que te hace sentir invencible…

Y entonces, inevitablemente, vino Karen.

No era un recuerdo dulce. Era ácido, quemaba al tocarlo.

La conocí en una de esas fiestas que organizábamos para mantener contentos a los socios. Ella entró con un vestido negro que parecía pintado sobre su piel, tacones que hacían clic como disparos, y una sonrisa que prometía problemas. Yo estaba borracho de poder y de whisky escocés de dieciocho años. Ella se acercó, me miró como si ya supiera todo lo que yo era, y me dijo: “Tú eres el que manda aquí, ¿verdad?”. No era una pregunta.

Al principio fue fuego. Sexo en el asiento trasero del coche, en baños de clubes, en la azotea de este mismo lugar mientras abajo se cerraban tratos de millones. Ella sabía cómo hablarme, cómo hacerme sentir que era el rey del mundo. Pero también sabía cómo cortarme con palabras afiladas cuando no le daba lo que quería.

Karen no amaba. Coleccionaba. Coleccionaba poder, atención, joyas, hombres. Yo era el trofeo principal durante un tiempo. Me manipulaba con maestría: celos calculados, lágrimas perfectamente cronometradas, sexo como arma de reconciliación. Cuando yo estaba a punto de romper, ella volvía con una disculpa suave y un “solo te necesito a ti, James”, y yo caía. Siempre caía.

La relación era un ciclo de euforia y veneno. Una noche me gritaba que era un monstruo, que la había convertido en alguien que odiaba mirarse al espejo. Al día siguiente me suplicaba que no la dejara, que sin mí no era nada. Yo me odiaba por quedarme. Me odiaba más por quererla igual.

Una Simple Casualidad Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora