Cap 34

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James

Dos años.

Dos años desde que Gina desapareció. Dos años desde que mi mundo se derrumbó en una habitación de hospital, con el eco del llanto de ella aún resonando en sus oídos. Dos años buscando, preguntando, rastreando pistas que siempre llevaban a callejones sin salida.

James estaba sentado en el mismo café de siempre, el que quedaba cerca del departamento que una vez compartieron. Había perdido la cuenta de las veces que había venido aquí, mirando la puerta, esperando verla entrar. Era un ritual absurdo, patético, pero no podía evitarlo.

—James. —Steve se sentó frente a él, con una carpeta en la mano—. Tengo algo.

James levantó la vista, sus ojos cansados, hundidos por las noches sin dormir.

—¿Qué?

Steve abrió la carpeta y deslizó unas fotos sobre la mesa. Eran imágenes borrosas, capturadas por cámaras de seguridad.

—Bucarest. Rumanía. Una mujer que coincide con la descripción de Gina trabajaba en una tienda de ropa hasta hace un año. Luego desapareció de ese radar, pero alguien la reconoció en una cafetería del casco antiguo. —Señaló una de las fotos—. Mira el pelo es negro, y lleva pupilentes oscuros, pero el análisis facial da un 85% de coincidencia.

James agarró la foto con manos temblorosas. La imagen mostraba a una mujer de perfil, sirviendo café detrás de una barra. El pelo negro, sí, la ropa diferente, pero la forma de moverse... esa inclinación de la cabeza, esa manera de sostener la taza... era ella.

Era Gina.

—¿Estás seguro?

—Lo suficientemente seguro como para que compres un boleto a Bucarest. —Steve lo miró con seriedad—. Pero James, han pasado dos años. Puede que haya seguido adelante. Puede que no quiera verte.

—No me importa. —James ya estaba de pie, el corazón latiendo acelerado—. Necesito verla. Necesito explicarle. Aunque me odie, aunque me escupa, necesito que sepa la verdad.

Steve asintió, como si esperara esa respuesta.

—He reservado dos boletos para mañana. El mío también. No voy a dejarte ir solo a esto.

James apretó el hombro de su amigo, un gesto de gratitud que las palabras no podían expresar.

—Gracias, Steve. No sabes lo que esto significa.

—Sé lo que significa. Y sé lo que has sufrido. Vamos a traerla a casa, James. O al menos, a darle la oportunidad de elegir.

Esa noche, James no durmió. Empacó lo mínimo —un par de mudas de ropa, su pasaporte, las fotos de Gina que había guardado como un tesoro— y se pasó las horas mirando el techo, repasando una y otra vez lo que le diría.

Lo siento. No fue lo que parecía. Me drogaron. Te amo. No he dejado de amarte ni un solo segundo en dos años.

Pero las palabras sonaban vacías incluso en su cabeza. ¿Cómo explicar dos años de silencio? ¿Cómo pedir perdón por algo que ni siquiera recordaba haber hecho, pero que ella había visto con sus propios ojos?

Una Simple Casualidad Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora