James
Al separarme, la vi apoyada contra el árbol, jadeando, con las piernas temblorosas. Sus ojos vidriosos me miraban con una mezcla de asombro y de adicción. Esa mirada... me pertenecía. Me incliné y besé sus labios hinchados, saboreando nuestra propia esencia, un sabor salado y primal que sellaba lo que acababa de ocurrir.
—Ahora— susurré, mis labios rozando los suyos—. Ahora sí es perfecto.
Su risa, temblorosa y liberada, fue la confirmación. La recogí en brazos como si no pesara nada, y un grito ahogado de sorpresa escapó de sus labios. La llevé de vuelta hacia la cabaña, sin prisa, disfrutando de la manera en que se aferraba a mi cuello, su cuerpo aún convulso por los espasmos residuales del placer.
No la llevé a la cama. La llevé directamente a la pequeña ducha exterior, escondida entre los arbustos detrás de la cabaña. Abrí la llave de agua fría y un chorro helado nos golpeó a ambos.
Ella gritó, una exclamación aguda que se mezcló con mi risa ronca. La apreté contra mí, el agua helada corriendo por nuestra piel caliente, arrastrando el sudor y las evidencias de nuestro encuentro.
—¿Fría? —pregunté, mis manos recorriendo su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas aún enrojecidas por la fricción contra la corteza.
—Perfecta— susurró, enterrando su rostro en mi cuello, sus dientes mordisqueando la piel justo sobre mi clavícula. Un gesto pequeño, pero que me erizó la piel. Aún sensible, aún hambrienta.
Mis manos no se quedaron quietas. Con el agua como cómplice, una palma se deslizó entre sus piernas, encontrando el núcleo hinchado y sensible. Ella gimió, arquéandose contra mis dedos.
—Parece que no fue suficiente— murmuré en su oído, mis dedos comenzando un movimiento lento pero insistente, sintiendo cómo su cuerpo, lejos de resistirse, se abría de nuevo para mí.
—Parece que nunca es suficiente contigo— confesó con la voz quebrada, sus manos aferrándose a mis brazos.
Lentamente se separó y me besó poco a poco bajando pasando su lengua por mis pechos y mordiendo levemente.
Bajo más y más hasta llegar a mi abdomen quien beso y trazo un camino hasta llegar a mi gran erección. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, ya no había dulzura en ellos. Solo había un desafío oscuro, una promesa que me hizo contener la respiración.
Sus manos se cerraron alrededor de mis muslos, sus uñas clavándose en mi carne con una presión que era pura posesión. No hubo preámbulos. Su boca se cerró alrededor de mi erección con una habilidad devastadora, tomándome por completo en una humedad caliente que me hizo arquear la espalda y soltar un juramento ahogado.
—Gina... —gruñí, enredando mis manos en su cabello mojado.
Pero ella no me dejaba hablar. No me dejaba pensar. Su boca era un instrumento de pura perdición, moviéndose con una ritmo implacable que conocía cada punto de debilidad. Su lengua trazaba círculos en la punta, chupaba con una presión que me nublaba la vista, y luego volvía a bajar, profundo, hasta hacer que sintiera cómo le abría la garganta.
Mis caderas comenzaron a moverse involuntariamente, encontrando su ritmo. Ella no retrocedió. Al contrario, sus manos se apretaron más en mis muslos, anclándome, desafiándome a tomar lo que quería. Sus ojos, mirándome desde abajo, brillaban con lágrimas de esfuerzo y un poder obsceno. Esta mujer, esta diosa salvaje, me estaba destruyendo con su boca y me estaba mirando mientras lo hacía.
—Así... —jadeé, mis puños apretándose en su cabello, ya sin poder contener la fuerza de mis embestidas— Tómalo todo.
Un sonido gutural, de satisfacción y rendición, vibró en su garganta alrededor de mi miembro. La sensación fue eléctrica, un cortocircuito directo a mi médula espinal. Sentí la ola ascendiendo, imparable, un tsunami de sensación pura que se arremolinaba en mi base.
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Una Simple Casualidad
Fan-FictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
