Gina
James se desplomó a mi lado, y por un largo momento, solo sonó el ritmo acompasado de nuestra respiración. Luego, un sonido inesperado rompió el hechizo: un gruñido bajo y cómico provenía de su estómago.
Mis ojos, que habían estado cerrados, se abrieron de par en par. Lo miré. Él me miró a mí. Y entonces, una risa burbujeante, libre de toda oscuridad, escapó de mis labios.
—¿En serio? —logré decir entre risas—. ¿En medio de la fundación de nuestro imperio criminal, el tirano tiene hambre?
Una sonrisa torcida, tan genuina como la vulnerabilidad que me había mostrado antes, se dibujó en su boca. Sus ojos brillaban con una luz que no tenía que ver con la conquista.
—Construir imperios exige energía—dijo, su voz ronca pero teñida de humor—. Y creo que agoté todas mis reservas... de formas bastante satisfactorias.
Hizo énfasis en la última palabra mientras su mano, que descansaba sobre mi cadera, me daba un pellizco suave. Me estremecí, pero esta vez no por el deseo, sino por la picardía.
—¿Satisfactorias? —repetí, alzando una ceja con fingida arrogancia—. Yo diría que fue algo más que "satisfactorio", James. Fue... catastróficamente bueno. Derribé las murallas de tu control, ¿recuerdas?
Se rió, una verdadera carcajada que resonó en el cuarto y me llenó el pecho de una calidez extraña. Rodó sobre su espalda, llevándome con él hasta que quedé recostada sobre su pecho, mi barbilla apoyada en su esternón para ver su rostro.
—¿Y tú? —preguntó, sus dedos jugueteando con un mechón de mi cabello—. ¿La hija obediente que descubre el placer de volar la mesa por los aires? Debo admitir, te queda bien la anarquía.
Hice un mohín, fingiendo ofenderme.
—No es anarquía.Es... redefinición de parámetros. Y no soy una hija obediente. Soy una mujer que eligió un rey diferente. Uno con mejor... ritmo.
Esta vez, fue él quien se rió a carcajadas, un sonido sorprendentemente juvenil que transformaba por completo su rostro. Ya no era el tiburón, ni el amante posesivo. Era solo un hombre, en la cama, riendo con la mujer que lo volvía loco.
—Mi ritmo, ¿eh? —Sus ojos brillaban con malicia—. ¿Prefieres el lento y calculado para la persuasión, o el salvaje y catártico para la coronación?
Me sonrojé, enterrando la cara en su cuello para esconder mi expresión.
—Eres insufrible.
—Y tú, Gina —susurró, su tono suavizándose—, eres la única persona que se atreve a decírmelo a la cara y luego se sonroja por ello.
Me obligó a levantar la cabeza con un suave dedo bajo la barbilla.
—Cuéntame algo—pidió, su mirada seria pero suave—. Algo que James, el tiburón, el negociador, no sepa. Algo solo para mí.
Lo miré, desarmada por la sencillez de la pregunta. El mundo exterior, con sus problemas y sus padres, había dejado de existir.
—Tengo miedo a las alturas—confesé en un susurro—. No a volar, sino a los balcones abiertos en los rascacielos. Me da la sensación de que el viento podría llevarme.
Él no se rió. No hizo una broma. Sus dedos continuaron acariciando mi cabello.
—A mí—confesó él a cambio, mirando al techo— me aterran los espacios pequeños. Los ascensores son mi versión personal del infierno. Es la sensación de estar atrapado, de no tener salida.
Era un intercambio de secretos diminutos, frágiles. No eran las confesiones explosivas de pasión o lealtad, sino algo más íntimo: las grietas en nuestras armaduras. Le estaba mostrando la niña asustada que llevaba dentro, y él me mostraba al hombre que, tras todo su poder, temía sentirse enjaulado.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
