Las semanas siguientes fueron un torbellino. Gina se había propuesto una misión: mostrarles a sus amigos rumanos la ciudad que había sido su hogar durante toda su vida. Y no iba a hacerlo a medias.
Andrei quería conocer todas las cafeterías emblemáticas de Nueva York, así que Gina lo llevó desde el clásico café del Village hasta las modernas tiendas de Brooklyn, donde los baristas parecían artistas y el café costaba lo mismo que una cena en Bucarest. Víctor, por su parte, quería sumergirse en la escena del diseño, así que pasaron tardes enteras en el Fashion District, en galerías de arte en Chelsea, en tiendas vintage donde él encontraba piezas únicas que luego fotografiaba con la emoción de un niño.
Y Mihai... Mihai seguía siendo Mihai. Callado, observador, siempre dispuesto a acompañarlas pero rara vez iniciando. Gina notó que a veces se quedaba mirando los rascacielos con una expresión que no sabía descifrar, o que cuando caminaban cerca de edificios históricos, su paso se volvía más lento, más pensativo.
—Es arquitecto —le recordó Víctor una tarde, cuando Gina preguntó por qué Mihai se había quedado veinte minutos frente al Flatiron Building—. Mira las ciudades como otros miran un cuadro.
—O una persona —añadió Andrei, con un dejo de ironía que Gina eligió ignorar.
Pero lo cierto es que Gina no podía ignorar del todo a Mihai. Estaba ahí, siempre, con su presencia tranquila y sus ojos que parecían leerla sin esfuerzo. Y aunque ella se decía a sí misma que lo que sentía era gratitud, amistad, ese afecto profundo que nace de compartir tres años de silencio y reconstrucción... había momentos en que su mirada se detenía en él más de lo necesario.
James, por su parte, había sido un apoyo incondicional. Aparecía en los recorridos cuando podía, ayudaba a cargar las bolsas de Víctor, recomendaba lugares que Andrei no podía perderse. Y mientras todo eso ocurría, él estaba ocupado con algo más.
—¿Qué estás tramando? —le preguntó Gina una noche, después de encontrarlo por tercera vez mirando su teléfono con una sonrisa de complicidad.
—Nada.
—Mientes.
—Solo un poco.
El día que la respuesta llegó, fue en forma de una cita en el edificio más nuevo del Lower Manhattan. James la recogió en la mansión con una sonrisa que no podía ocultar y la llevó en su auto sin darle explicaciones.
—James, ¿dónde estamos?
—Cierra los ojos.
—No voy a cerrar los ojos.
—Por favor.
Gina suspiró y los cerró. Sintió el auto detenerse, la puerta abrirse, la mano de James guiándola. El aire fresco de la ciudad, el ruido lejano del tráfico, y luego... un ascensor. El sonido de los pisos subiendo. Y luego silencio.
—Abre.
Lo que vio la dejó sin aliento.
Era un penthouse. Pero no un penthouse cualquiera. Los ventanales de piso a techo ofrecían una vista panorámica de Manhattan que parecía sacada de una película. El espacio era enorme, luminoso, con una elegancia moderna que no sacrificaba la calidez. Había una terraza con plantas, una cocina abierta con una isla de mármol blanco, una biblioteca empotrada con los libros que ella había dejado en Bucarest —¿cómo había conseguido esos?— y, en una esquina, una máquina de café profesional que haría llorar de envidia a Andrei.
—James... —susurró.
—Es tuyo —dijo él, sacando un llavero del bolsillo—. Solo tienes que firmar.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
