Gina
El mundo se ha convertido en un borrón de luces blancas y voces lejanas. Estoy en la cama del hospital, acurrucada en posición fetal, las sábanas ásperas contra mi piel que se siente como papel de lija. El dolor físico —ese ardor sordo en mi vientre, como si algo me hubiera rasgado por dentro— es nada comparado con el vacío. El vacío donde antes latía mi bebé. Nuestro bebé. Diez semanas. Solo diez semanas, y ya se había ido.
—No hay latido —había dicho el médico, su voz grave, profesional, como si estuviera hablando del clima y no de mi mundo derrumbándose—. Lo siento, señora Stark. Hemos perdido al bebé.
Lo siento. Como si un "lo siento" pudiera arreglar algo. Como si un "lo siento" pudiera traer de vuelta ese puntito blanco en la pantalla del ultrasonido, ese corazón que latía fuerte como un tambor de guerra. Lloré entonces. Grité. Un grito que salió de lo más profundo de mí, que me desgarró la garganta y el alma. Grité hasta que no quedó nada, hasta que las enfermeras me inyectaron algo para calmarme, algo que me dejó flotando en una niebla de sedantes y dolor.
Papá llegó primero, su cara pálida como nunca lo había visto, abrazándome fuerte mientras sollozaba contra su hombro. Mamá vino después, sus manos temblorosas en mi pelo, murmurando "mi niña, mi pobre niña" una y otra vez. Ali estaba allí también, sus ojos rojos e hinchados, sosteniendo mi mano como si temiera que me desvaneciera si la soltaba.
Pero James... James llegó tarde. Demasiado tarde.
Lo vi entrar en la habitación, su cara descompuesta, los ojos desorbitados de pánico. Extendió una mano hacia mí, y algo dentro de mí se rompió de nuevo.
—No —dije, apartándome como si su toque quemara—. No me toques. Vi todo. Te vi con ella.
—Gina, no fue lo que parece. Me drogaron. Te juro que...
—¡No me mientas! —grité, la voz quebrada por las lágrimas que no paraban—. ¡Vi cómo te tenía en esa cama! ¡Vi cómo te abrazaba! Y mientras tanto, yo... yo perdía a nuestro bebé. ¡Nuestro bebé, James!
Él cayó de rodillas, las lágrimas rodando por su cara, pero no podía mirarlo. No podía ver al hombre que amaba —que aún amo, maldita sea— llorando porque todo lo que veía era esa imagen: él en la cama con Sharon, su ex, la mujer que me había advertido que esto pasaría. Que James no era de una sola mujer. Que yo era solo un rato.
Papá se puso entre nosotros, su voz helada como nunca lo había oído.
—Fuera —dijo—. Fuera de aquí. Ahora.
James me miró una última vez, buscando algo en mis ojos —perdón, quizás, o comprensión— que no encontré fuerzas para darle. Luego se levantó y salió, sus hombros caídos, el eco de sus pasos perdiéndose en el pasillo.
Ahora, horas después, estoy sola en la habitación —papá y mamá fueron a hablar con los médicos, Ali a buscar algo de comer que no pienso tocar—. El silencio es ensordecedor. Me toco el vientre, ese vientre que ya no alberga vida, y las lágrimas vuelven, calientes y silenciosas.
¿Cómo pasó esto? ¿Cómo pasamos de pancakes los domingos y besos en el vientre a... esto? A un bebé perdido, a una traición que me quema el alma. ¿Fue real lo de James? ¿O Sharon tenía razón? ¿Soy solo algo pasajero, un capricho antes de que vuelva a su vida de sombras?
No lo sé. Y el no saber duele más que cualquier cosa.
La puerta se abre despacio, y mamá entra, su cara surcada de arrugas nuevas que no estaban allí ayer.
—Cariño... —susurra, sentándose al borde de la cama y tomándome la mano—. ¿Quieres hablar?
Niego con la cabeza, pero las palabras salen solas.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
