Cap 8

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Gina

El camino estubo muy silencioso ninguno de los dos dijo nada
yo solo miraba por la ventana dejando que el aire frio jugará con mi cabello.

No sabía que estaba haciendo en este momento llendo junto a James a un lugar que no tenía ni idea a qué lugar me llevaría. No tenía cabeza para pensar en eso, aún tenía en mi cabeza el enfrentamiento con Matteo, aunque quisiera que no me afectará tanto, lo hacia y es que en realidad no lo he superado del todo pero....

¿Realmente se puede superar a una persona la cual amaste con una gran inocencia?

Esa respuesta aún no la tendria o quizás yo misma me engañaba, no quería perder los recuerdos buenos que tenía de él, de ese chico tierno, educado y tan estudioso que hoy no era nada de eso ya no era él y esa era la verdadera realidad.

[HACE TRES AÑOS]

La biblioteca estaba sumida en ese silencio profundo y cómodo de las tardes de viernes, cuando la mayoría de los estudiantes ya han huido del campus. Solo se escuchaba el leve crujir de la página de un libro y el suave rasgar de mi pluma sobre el cuaderno. Matteo estaba sentado frente a mí, completamente absorto en un problema de física avanzada. La luz del atardecer se filtraba por la ventana alta, decorando el contorno de su perfil

Llevaba veinte minutos observándolo de reojo, fingiendo leer el mismo párrafo de mi novela. Tenía el ceño fruncido en concentración, mordisqueaba suavemente el extremo del lápiz, y de pronto, sus ojos se iluminaron. Había encontrado la solución. Una sonrisa de satisfacción, tan pura y genuina, le iluminó la cara. Alzó la mirada y me encontró mirándolo. En lugar de avergonzarse, su sonrisa se suavizó, transformándose en algo tierno y privado, solo para mí.

-¿Qué?- susurró, inclinándose sobre la mesa.

-Nada. Es que te ves muy lindo cuando te concentras-susurré de vuelta, sintiendo cómo me sonrojaba.

Él extendió su mano sobre la mesa, y sin importarle quién pudiera vernos, entrelazó sus dedos con los míos. Su mano era cálida y firme, y el simple contacto hacía que mi corazón latiera con una fuerza tranquila y alegre.

-¿Sabes qué? Esto puede esperar-dijo de repente, cerrando su libro -Es un día demasiado bonito para estar encerrados

-¿Y tus problemas de física?

-Ya los resolveré. Pero este momento contigo, no se repetirá.

Salimos de la biblioteca tomados de la mano, y el aire fresco de la tarde nos recibió como una bendición. Caminamos sin rumbo fijo por los senderos del campus, que estaban vacíos y en paz. Hablábamos de todo y de nada: de nuestros sueños, de lo mucho que odiábamos las mañanas de lunes, de la canción que no podíamos sacar de la cabeza. En un momento dado, se detuvo bajo un viejo roble, cuyas hojas habían comenzado a teñirse de rojo.

-Espera, tienes una pestaña-dijo suavemente. Acercó su mano a mi mejilla, y con una delicadeza, deslizó su pulgar para quitarla. Pero en lugar de sacudírsela, se quedó mirando cómo la brisa otoñal se la llevaba volando.

-Pide un deseo-dijo en un tono serio pero juguetón. -Una pestaña atrapada así tiene doble de poder.

Cerré los ojos e hice un deseo tonto y secreto: que este momento durara para siempre.

Cuando los abrí, él estaba más cerca. El mundo pareció detenerse. El murmullo del viento en las hojas se desvaneció, y solo existimos nosotros dos bajo la cúpula dorada del atardecer. Se inclinó y me besó. No fue un beso apasionado ni urgente, sino lento y dulce, lleno de una promesa tácita y del cariño tranquilo que solo se construye con el tiempo.

Una Simple Casualidad Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora