Cap 30

45 4 0
                                        

James

Las semanas siguientes fueron un torbellino controlado, o al menos eso intenté que fueran. Volvimos a la rutina, y a mí departamento—que Gina tanto amaba creer que era real al cien por cien—, pero con excepciones que me ponían los nervios de punta. El embarazo de Gina lo cambiaba todo.

Seis semanas se convirtieron en ocho, luego en diez, y su vientre empezaba a redondearse apenas, un secreto suave que solo yo notaba bajo sus blusas sueltas. Pero ella insistía en ir a trabajar. Aún no les habíamos dicho a nadie a excepción de Steve y Ali

—No estoy de acuerdo, mi amor—le dije una mañana, mientras le preparaba el desayuno: huevos revueltos sin sal, tostadas con aguacate y un jugo de naranja fresco, todo lo que el doctor había recomendado para las náuseas matutinas que empezaban a aparecer—. El estrés no es bueno para ti. Ni para el bebé. Quédate en casa. Descansa. Yo me encargo de todo.

Ella se rió, esa risa suave pero terca que me desarmaba siempre, y me besó la mejilla mientras robaba un bocado de mi plato.

—James, estoy embarazada, no inválida. El trabajo me distrae. Me hace sentir normal. Además, el doctor dijo reposo relativo, no cama absoluta. Voy a estar bien.

No discutí más. Sabía que ganaría ella. Siempre ganaba cuando se ponía así.

Pero los cambios… Dios, los cambios me volvían loco. Gina siempre había sido sensible, pero ahora era como si cada emoción se multiplicara por diez. Un comercial de perros abandonados en la tele la hacía llorar desconsolada, acurrucada contra mi pecho mientras sollozaba "son tan indefensos, James". Yo la abrazaba, besándole el pelo, murmurando "lo sé, mi amor, lo sé", y sintiéndome el hombre más impotente del mundo porque no podía arreglarlo todo con un cuchillo o una bala.

Los cambios de humor eran peores. Un día me gritaba por dejar la tapa del inodoro arriba —"¡Es lo mínimo, James! ¿Tanto te cuesta?!"—, y al minuto siguiente se disculpaba con lágrimas, abrazándome como si el mundo se acabara. "Lo siento, hormonas… te amo tanto". Yo la besaba, riendo bajito, y le decía que no importaba, que la amaba más loca o calmada.

Y luego estaba lo otro. Lo que me dejaba sin aliento. Gina estaba más deseosa de lo normal. Mucho más. Las hormonas, decía el doctor con una sonrisa cuando lo consultamos. Pero para mí era como si hubiera despertado algo nuevo en ella. Llegaba a casa del trabajo y me buscaba con ojos oscuros, tirándome de la camisa para besarme en la cocina, en el sofá, en cualquier parte. "Te necesito ahora", susurraba contra mi boca, y yo obedecía, con todo el cuidado del mundo como nos había indicado el médico. Nada brusco, nada que la estresara. La tomaba despacio, besando cada centímetro de su piel cambiante, susurrándole lo hermosa que era, lo mucho que la amaba mientras nos perdíamos el uno en el otro. Era tierno, intenso, y siempre terminaba con ella acurrucada contra mí, mi mano en su vientre sintiendo al bebé moverse como si aprobara.

Una noche, después de una de esas sesiones suaves y perfectas, se quedó mirando el techo, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón.  Su mano jugaba con mi pelo, distraída, y yo me sentía el hombre más afortunado del mundo, a pesar de todo el caos que aún nos rondaba.

—James… —susurró de pronto—. Mañana vienen mis padres a cena. Al fin vuelven del viaje. Y aún no saben nada del bebé.

Me incorporé un poco, mirándola.

—¿Quieres decírselo entonces? Con los zapatitos y todo eso que planeabas?

Ella asintió, mordiéndose el labio.

—Sí. Pero… nada de dramas. Solo una cena normal, y luego la sorpresa. ¿Estás listo?

Besé su nariz.

Una Simple Casualidad Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora