Gina
Llegamos a la oficina esa mañana con las manos entrelazadas, y por primera vez en mucho tiempo, no sentí esa punzada de ansiedad al cruzar la puerta principal. James me dio un beso rápido en la sien antes de que nos separáramos en el pasillo —él hacia su despacho, yo hacia el mío—, y me susurró un “te veo en el almuerzo” que me hizo sonreír como una idiota. La ciudad había vuelto a su ritmo caótico: taxis pitando abajo, el olor a café quemado en la sala de descanso, el zumbido de los teléfonos y las conversaciones a media voz. Pero nosotros éramos diferentes.
Me senté en mi escritorio, encendí el ordenador y empecé a revisar los correos acumulados de las dos semanas. Mi padre pasó por ahí con un café en la mano y me guiñó el ojo. Reí y le dije que había sido un buen permiso. Alexander no estaba en su puesto; supuse que estaba en una reunión temprana. Todo parecía normal. Tranquilo. Por fin.
Hasta que mi teléfono vibró con fuerza sobre la mesa. Era Alexander. Contesté sin pensarlo.
—Gina, ¿dónde estás? —su voz salió urgente, casi jadeante, como si hubiera corrido para llamarme.
—En mi escritorio. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Ven a la sala de conferencias del tercer piso. Ahora. Solo. No le digas a nadie.
El corazón me dio un vuelco. Colgué, miré alrededor para asegurarme de que nadie me veía nerviosa, y bajé por las escaleras en vez del ascensor. La sala estaba vacía cuando entré: luces apagadas, persianas a medio bajar. Alexander llegó dos minutos después, cerrando la puerta con llave detrás de él. Tenía la cara pálida, el pelo revuelto, y los ojos rojos como si no hubiera dormido.
—¿Qué demonios pasa? —pregunté, acercándome—. Me estás asustando.
Él se pasó las manos por la cara, respirando hondo.
—Gina… siéntate. Por favor.
Me senté en una de las sillas de la mesa larga, y él se sentó frente a mí, inclinándose como si temiera que alguien nos oyera a través de las paredes.
—Es sobre Matteo.
Sentí un frío en la espalda. Hacía semanas que no pensaba en él. No desde esa confrontación en el café, desde que le dije que lo denunciaría si volvía a acercarse. Había bloqueado su número, cambiado la cerradura de mi apartamento por si acaso. Y con James… con James todo había sido paz. ¿Por qué ahora?
—¿Qué con Matteo? —pregunté, la voz tensa.
Alexander bajó la vista un segundo, luego me miró directo a los ojos.
—No está bien. Nada bien. He estado hablando con gente de Arizona, con amigos comunes que lo conocieron allá. Matteo se metió en cosas malas después de que rompieran. Deudas. Gente peligrosa. No sé detalles exactos —drogas, apuestas, algo así—, pero lo que sí sé es que esa gente no lo ha dejado ir. Lo usan para… no sé, favores, conexiones. Y ahora que volvió aquí, por el proyecto de la fundación, ellos lo están presionando. Y tú… tú estás en medio.
Tragué saliva. El nudo en el estómago volvió, ese que pensé que había desaparecido para siempre.
—¿En medio cómo?
—Matteo no ha superado nada, Gina. Lo que te dije antes era verdad, pero hay más. Él piensa que si te recupera, si demuestra que tiene una vida estable aquí, esa gente lo dejará en paz. Como si fueras una especie de escudo. Pero si no… si no lo consigues, ellos podrían ir tras de ti para presionarlo a él. No es solo acoso. Es peligro real. Tienes que cuidarte. Mantente alejada. Cambia tu ruta al trabajo, no salgas sola de noche, dile a James que esté atento. Y por Dios, si lo ves, llama a la policía de inmediato.
ESTÁS LEYENDO
Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
