Matteo
La nieve caía fina esa noche de agosto, como si el cielo llorara por lo que iba a pasar. Gina y yo en mi viejo apartamento de Brooklyn, el que mi padre pagaba para que pareciera que era independiente. Ella sentada en el sofá, con los ojos rojos de tanto llorar, y yo de pie frente a ella, con el pulso acelerado por la coca que me había metido en el baño minutos antes. —Matteo, por favor, para— me suplicaba, su voz temblando como una hoja. Pero yo no paraba. Estaba furioso, ciego de celos porque la había visto hablando con un tipo en la fiesta de anoche. —Eres una puta, Gina. Siempre coqueteando, siempre queriendo atención—Las palabras salían como veneno, y vi cómo se le rompía el alma en la cara.
Le grité que era fría, que nunca me daba lo suficiente, que por eso me metía con sus amigas —sí, con Sofia y con Bren, las que me habían calentado en las noches que ella trabajaba tarde—. Ella se levantó, intentó abrazarme, pero yo la empujé. No fuerte, pero lo suficiente para que tropezara y cayera al suelo. Lloró. Yo reí, drogado, sintiéndome poderoso. Esa fue la noche que terminó todo. La noche en que la perdí para siempre. Me fui dando un portazo, dejándola sola en el suelo, y al día siguiente me desperté con resaca y un mensaje suyo: "Se acabó". Pero en mi cabeza enferma, siempre pensé que volvería. Porque Gina era mía. Siempre mía.
Pero hubo una vez en que fue diferente. Una vez en que el mundo era perfecto, y ella me amaba con esa intensidad que me hacía sentir invencible. Fue en Roma, hace años, cuando mi padre nos mandó en ese viaje "de negocios" que en realidad era para que nos conociéramos mejor. Gina con ese vestido amarillo que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, caminando por el Trastevere bajo las luces anaranjadas. Nos perdimos a propósito, riendo como niños, comiendo gelato de pistacho que se derretía en sus dedos. La besé contra una pared de ladrillo viejo, sus manos en mi cuello, su cuerpo arqueándose contra el mío. "Te quiero, Matteo", susurró contra mis labios, y en ese momento lo creí. Lo sentí. Fuimos a un hotel pequeño, y esa noche la hice mía por primera vez, suave al principio, luego con pasión. Sus gemidos en mi oído, su piel sudorosa bajo mis manos, su mirada fija en la mía como si yo fuera el centro de su universo, me dijo después, acurrucada contra mi pecho. Y yo, por una vez, no pensé en drogas ni en fiestas ni en otras mujeres. Solo en ella. En cómo Gina me hacía sentir vivo, completo. Esa fue la noche en que supe que nunca podría dejarla ir. Que era mía, obsesivamente mía, aunque yo fuera un desastre andante: fiestas hasta el amanecer, líneas de coca en baños de clubes, coqueteos con sus amigas porque el exceso era mi vida, mi escape. La destruí poco a poco, pero en mi mente retorcida, siempre pensé que volvería a mí. Porque nadie la amaría como yo.
Y ahora, meses después de mi regreso, la veo. La veo de verdad, en el parque, bajo el sol de otoño que hace que su pelo brille como oro. Gina caminando de la mano con él. Con James. Sin esconderse esta vez. Riendo por algo que él dice, su cabeza apoyada en su hombro, sus dedos entrelazados como si fueran una pareja normal, pública, sin secretos. Llevan cafés en la mano libre, y ella lo mira con esa calidez que una vez fue mía. Él la besa en la sien, suave, posesivo, y ella cierra los ojos como si fuera el paraíso.
Los sigo desde lejos, oculto detrás de un periódico en un banco, el corazón latiéndome como un tambor de guerra. Odio verlo. Odio cómo él la toca, cómo ella sonríe para él de esa manera que solía ser solo mía. James, el perfecto, el que siempre me miró por encima del hombro, el que me rompió la nariz esa noche por defenderla cuando ella no estaba. Él no la merece. Él no sabe lo que es amarla como yo: con fuego, con obsesión, con la necesidad de poseerla entera. La veo inclinarse para besarlo, un beso lento en los labios, y siento la bilis subir por la garganta. Quiero gritar, quiero correr y arrancarla de sus brazos, decirle que él no la ama como yo, que él no la ha visto en sus peores momentos y aún así la ha querido. Pero yo sí. Yo la destruí y la reconstruí en mi mente mil veces.
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
