James
Los días siguientes al “te amo” fueron un bálsamo. Nos repetíamos la frase a todas horas: en mensajes robados durante reuniones, en susurros por teléfono cuando el trabajo nos separaba, en besos lentos antes de dormir.
El caos de la oficina seguía allí —Sharon con sus insinuaciones, Matteo en rehabilitación intermitente pero aún presente—, pero nosotros estábamos más fuertes que nunca.
Planeábamos en secreto el cumpleaños de Gina: 8 de diciembre. Quería que fuera perfecto.Llevaba semanas organizándolo. Reservé la azotea privada de un restaurante en el rooftop del 1 Hotel Brooklyn Bridge, con vistas espectaculares al skyline y al puente iluminado. Solo nosotros dos: cena a la luz de las velas, su postre favorito (tarta de chocolate y frambuesa), una banda de jazz suave de fondo, y el regalo: un anillo de compromiso que aún no era oficial —un solitario delicado de diamante rosa que había elegido pensando en que algún día sería el definitivo—. Quería pedirle que viviéramos juntos, que dejáramos de escondernos tanto.
Quería que esa noche marcara un antes y un después.Pero el trabajo, como siempre, tenía otros planes.El 7 de diciembre, a media tarde, llegó un email urgente de un cliente clave en Londres: un problema grave con el lanzamiento europeo que requería una presentación corregida para la mañana siguiente. Tony convocó reunión de crisis. Y, por supuesto, Sharon —como gerente de inversiones del proyecto— era imprescindible. Yo también.
Gina lo entendió cuando se lo expliqué por teléfono, su voz calmada pero con un leve temblor que me partió el alma.
—Tranquilo, amor. Es importante. Mañana lo celebraremos igual, ¿vale? Solo... no trabajes demasiado tarde.
Colgué con el estómago encogido.
La reunión se alargó hasta las once de la noche. Sharon, sentada a mi lado, aprovechaba cada pausa para rozarme “accidentalmente” el brazo o lanzar comentarios sobre “lo bien que trabajamos juntos bajo presión”. La ignoraba con frialdad profesional, pero la rabia me bullía por dentro. Cuando por fin terminamos, le mandé mensaje a Gina
—Acabo de salir. ¿Estás en casa? Voy para allá.
No respondió. Pensé que se habría dormido temprano, cansada de esperar.
Decidí pasar por su apartamento de todos modos, con una botella de su champán favorito y la tarta que había encargado como plan B.
Quería despertarla con besos y disculparme en persona.
Subí en el ascensor privado, las llaves de repuesto en la mano. La puerta estaba entreabierta —raro en ella—. La empujé suavemente y me quedé congelado en el umbral.
El salón estaba iluminado con velas. Docenas de ellas, repartidas por todas partes. En la mesa, un ramo enorme de peonías rosas (sus favoritas), una caja de bombones artesanales y una tarta de tres pisos con velas encendidas. Música suave de fondo: Norah Jones, la playlist que escuchábamos en nuestros primeros viajes secretos.
Y en el centro de todo, Gina y Matteo y a un lado sus padres .Él estaba de pie frente a ella, vestido con traje oscuro, visiblemente nervioso. Gina, preciosa con un vestido negro sencillo que le llegaba a las rodillas, tenía las manos sobre la boca, los ojos brillando de sorpresa... y algo más que no supe leer en ese momento.
Matteo le estaba diciendo algo en voz baja, extendiéndole una cajita pequeña de terciopelo azul.
—...Sé que no merezco ni que me escuches, Gina. Pero necesitaba hacerlo bien esta vez. Feliz cumpleaños. Y... si alguna vez me das otra oportunidad, te prometo que...
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Una Simple Casualidad
FanfictionEl viaje de la vida está lleno de sorpresas, giros inesperados y sobre todo, de simples casualidades.
