Capítulo 1: Oasis

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CAPÍTULO UNO

OASIS

14 de Septiembre de 2015

Salí de la ducha y envolví mi cuerpo con una áspera toalla amarilla. Suspiré. Primer día de clase en un nuevo instituto. En un nuevo instituto dentro de una nueva ciudad. En una nueva ciudad dentro de un país completamente desconocido. En un país completamente desconocido que...

¿En serio, Oasis? Deja el drama para los culebrones y empieza a arreglarte si no quieres llegar tarde.

Me acerqué al espejo y pasé la mano para limpiar el vaho acumulado. Me miré. Realmente horrible. Apenas había conseguido pegar ojo la noche anterior de los nervios que llevaba encima. Ni siquiera las pastillas de valeriana de herbolario me ayudaron. Ni tampoco la manzanilla. Ni las reconfortantes palabras de Cassie. Qué desastre.
Respiré profundamente y expulsé el aire por la boca. Miré la hora en el móvil, el cual estaba apoyado en la cisterna del WC.

07:15 (AM)

Tenía tiempo de sobra para arreglarme, básicamente porque en este instituto era obligatorio llevar uniforme incluso en el último curso. En realidad era una ventaja que me ahorraba bastante tiempo, aunque siendo sincera, tampoco es que me pensase mucho qué me pondría si no llevara uniforme.
Terminé de secarme y peinarme y me dirigí hacia mi habitación. Encima de una silla había dejado perfectamente ordenado mi uniforme que consistía en: una camisa blanca, una falda gris a tablillas (demasiado corta para mi gusto), unos calcetines altos, un corbatín (del cual obviamente iba a pasar) y unos náuticos negros. No obstante, también decidí ponerme unos pantalones cortos de color negro debajo de la falda. No me veía recorriendo Nueva York en skate mientras iba enseñando mi ropa interior.
Al cabo de cinco minutos ya estaba lista frente al espejo del baño, donde nuevamente me contemplé horrorizada. La camisa me venía bastante estrecha de lo que digamos es el pecho.

—Tú y yo vamos a tener problemas —dije y suspiré.

Decidí que esa misma tarde iría a comprarme una talla más grande ya que en ese momento no tenía tiempo para preocuparme por nimiedades como aquella.
Al salir del baño, recogí mi mochila negra de cuero del suelo y empecé a meter todo el material necesario. Al terminar, miré el móvil de nuevo.

07:30 (AM)

Según lo que había calculado la mañana anterior, desde mi piso hasta el instituto no se tardaba más de diez minutos, así que me dirigí hacia la cocina y me preparé un café con leche y doble de azúcar. Me abrasé la boca, literalmente. Lo malo de no tener que ir con prisas pero sí estar nerviosa es que los nervios te hacen cometer los mismos fallos que si en realidad llegaras tarde.
Cogí mi skate y el móvil, me puse las llaves en el cuello, como si estas se trataran de un collar, me colgué la mochila de un hombro, salí por la puerta y comencé a bajar las escaleras.
El problema de que el ascensor estuviera averiado aún (a pesar de las múltiples quejas de los vecinos, incluso los del primero, todavía nadie había venido a arreglarlo), y viviera en un octavo es que todo es arcoíris y unicornios si solo tenía que bajar las escaleras, pero se convertiría en un verdadero infierno cuando después de un día agotador tuviera que subirlas.
Cuando llegué a la portería (si se puede llamar así ya que no había ningún portero) me di cuenta del terrible error que había cometido. Había olvidado ponerme las lentillas. Así que... Tenía que volver a subir las ocho plantas.

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Después de la tortuosa subida y la no tan bonita bajada, estaba de nuevo en el rellano. Eran las 07:40 y ahora sí que tenía que darme prisa.
Salí a la calle, topándome con una soleada mañana de finales de verano, y me monté en mi skate. Nunca había sido muy fan del transporte público por lo que hacía unos años aprendí a montar para así evitar a ejecutivos con prisas que te empujaban y ni siquiera pedían perdón, fiesteros resacosos que apestaban a alcohol (y a otras cosas) o simplemente el hedor humano que desprendían algunos sujetos.
Hice prácticamente todo el camino sin pararme hasta que a lo lejos vi como una chica pelirroja con su perro me impedían continuar con mi paso. Bajé del skate a menos de cinco metros de distancia y pasé andando por uno de los lados sin poder apartar la vista de un cartel que rogaba: "SE BUSCA EMPLEADO".
Este estaba pegado en uno de los escaparates del local frente al que estaban parados la chica, su perro y un chico rubio en bóxers.

Espera... ¿¡Qué!?

No sé qué cara puse, pero no pude evitar recibir una mirada de incertidumbre por parte de la chica. El rubio simplemente bostezó.
Anduve unos cuantos metros más antes de volver a subirme al skate.

Definitivamente, creo que este ha sido el momento más extraño de toda mi vida.

Tardé cinco minutos más en llegar al instituto.
Entré corriendo y fui en dirección a secretaría, puesto que todavía tenía que pasar por allí para que me dieran mi horario junto con la llave de mi taquilla.
Faltaban menos de cinco minutos para que empezara la presentación y yo aún no sabía ni en qué clase estaba.
Justo en el momento en el que entré en la sala me topé con un chico cargado con una pila de informes, los cuales solo me dejaban ver sus ojos azules, entre los brazos.

—H-hola —titubeé sin saber muy bien por qué—, ¿esto es secretaría?
—Sí —dijo el chico mientras se dirigía detrás del mostrador, dejaba los papeles y empezaba a ordenarlos—, ¿en qué puedo ayudarte?
—Oh, bueno, soy nueva y por teléfono me dijeron que viniese aquí para que me dieran mi horario y la llave de la taquilla.
—Ah, tú eres Oasis McCartney, la chica de Canadá.

Abrí los ojos asombrada.

—¿Fue contigo con quién hablé? —pregunté.
—Sí, soy Castiel —contestó y en un abrir y cerrar de ojos tenía frente a mí una llave y un papel con mis asignaturas y las clases en las que se impartían, también había un mapa del instituto en el reverso del papel, cosa que agradecí bastante, ya me veía encerrada en el baño sin saber dónde ir durante buena parte de la mañana, aunque pensándolo bien, tampoco sabía dónde estaba el baño.
—Gracias —dije cogiendo rápidamente todo, pero entonces me di cuenta de algo—. Ummm, ¿podrías hacerme un favor?
—Depende de qué tipo de favor sea —dijo, sonriendo por primera vez.
—Es mi skate, no creo que quepa en mi taquilla, ¿me lo guardarías aquí, por favor?
—Claro, no te preocupes, voy a estar aquí hasta que salgas, luego vienes y me lo pides. Por cierto, yo que tú me daría prisa, ya son las ocho en punto —y señaló el reloj que había colgado en una de las blancas paredes.

Puse el skate encima del mostrador y salí corriendo nuevamente hacia mi clase, que según el horario era la 38B y estaba en el primer piso.
Nada más salir de secretaría sentí como una fuerza me hizo retroceder, haciendo que la puerta que tenía justo detrás de mí se cerrara del golpe. Alguien me acababa de empujar. El día empezaba magníficamente.
Miré hacia donde se había dirigido la persona que me acababa de arrollar y me sorprendí al ver que se trataba de una chica bajita, con bastantes curvas, que se morreaba con un chico contra las taquillas.

Primero un tío en bóxers en medio de la calle y ahora esto. ¿Qué le pasaba al mundo?

Pasé por su lado, agachando la cabeza para evitar ver aquel intercambio salvaje de saliva, ya que por poco se restregaban la lengua por toda la cara, y subí hasta el primer piso, olvidando pasar antes por la taquilla para dejar algunas cosas.

37A...
37B...
37C...
38A...
38B.

Me miré antes de entrar en el reflejo de mi móvil y me di cuenta de que uno de los botones de la camisa se había desabrochado. Rápidamente me lo fui a abotonar, pero con los nervios solo conseguí quitarme dos más.

Mierda, Oasis, relájate, que vas a acabar haciendo un striptease en el pasillo.

Al final conseguí dejar mi camisa decente y fui hacia la puerta, la cual estaba medio abierta. Puse la mano sobre la manilla y cuando por fin entré dentro, mis manos me traicionaron, dejando que mi móvil cayera al suelo haciendo un gran estruendo. La clase se sumió en un silencio absoluto y casi treinta alumnos, con profesora incluida, se quedaron mirándome.

En aquel momento solo un pensamiento me vino a la cabeza: "Sí, absolutamente, la hora más extraña de toda mi vida".

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