Capítulo 11: Ann

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CAPÍTULO ONCE

ANN

5 de Octubre de 2015

Esa mañana me levanté de mala leche. Durante la noche mi querida y adorada Bany se había escapado de su jaula a saber cómo y, como buen roedor que es, se había dedicado a roer las patas de la mesa del comedor.

¿En qué momento quise tener una chinchilla como mascota?

Recogí todo el destrozo que había causado mi peluda compañera y miré el reloj.

08:30 AM.

Mierda, ya llego tarde.

Me apresuré en dejar toda la casa decentemente recogida y metí a Bany en su jaula. Esta vez corroboré que estuviera bien cerrada, no quería volver a encontrarme con semejante desastre.
Me puse el uniforme rápidamente y salí de casa como un rayo.
Mientras bajaba en el ascensor me miré al espejo que en este había.

Menudas pintas...

Peiné torpemente mi cabello con mis dedos y me arreglé la camisa para que no se viera nada de lo que no se debía ver. No quería que me pasase como a Oasis, aquella chica del baño a la que se le rompió la camisa el primer día de clases.

Salí corriendo de la finca, menos mal que vivía cerca del instituto, y volví a mirar el reloj.

08:50 AM.

Vale, si no llego a tiempo para la segunda clase de la mañana, tendré que pasar una hora entera sentada en el pasillo sola.

Apresuré mi paso y llegué hasta la puerta. Había alguien desde dentro que no alcanzaba a ver. Grité al ver que estaba con un manojo de llaves en la mano a punto de meter una de ellas por la cerradura. Corrí como si la vida me fuese en ello. El chico se percató de mi presencia y me abrió la puerta amablemente mientras yo seguía con mi carrera.

Pasé de largo y seguí corriendo hasta la clase que me tocaba. Justo cuando llegué a la puerta, me paré en seco y antes de abrirla sonó el timbre que anunciaba el cambio de clases.

—Justo a tiempo —suspiré, deshaciéndome de la tensión que recorría mis venas en esos momentos.
—¿Segura, señorita Rojas? —una mano se posó en mi hombro, di media vuelta y pude ver la cara del profesor de historia. Su amargada y asquerosa cara.
—Mierda —susurré entre dientes.
—¿Qué ha dicho, señorita?
—Nada.
—Bueno, da igual, el director la espera en su despacho.

Le puse cara de asco, di media vuelta y me fui hacia la oficina del director. Solo me había perdido la primera clase, tampoco era tan grave... ¿Verdad? Ese tipo era un extremista.

Una vez dentro, la secretaria me miró y preguntó la razón de mi visita y yo, como buena chica, le conté la verdad, sin percatarme de la presencia del director.

—Simple. Mi animal de compañía ha hecho un estropicio en mi casa y la ha dejado patas arriba, total que me ha tocado recogerlo todo y salir volando, pero cuando he llegado ha aparecido el profesor de historia y me ha mandado aquí.
—Menudo canalla ese profesor de historia, ¿no? —mi cara de sorpresa al oír esto fue máxima, yo que creía que a ese estúpido no lo echaban de ahí porque era amigo del director y que hubiese sido este mismo el que hubiera hecho ese comentario descolocó mis teorías—. Bueno, señorita, aquí tiene la autorización para volver a clase, que le sea de provecho, yo tengo que volver a mis quehaceres para andar poniendo faltas graves a diestro y siniestro.

Cuando me dio la autorización, volví a clase y al abrir la puerta el señor Amargado me miró con su cara de disgusto perpetua y entré en la sala haciendo caso omiso a sus exigencias de explicaciones. Me acerqué a su mesa, contorneando mis caderas, y planté con un sonoro manotazo el papel que me había dado el director.

The Williamsburg ClubHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora