Capítulo 22: Ariel

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CAPÍTULO VEINTIDÓS

ARIEL

13 de Noviembre de 2015

—Ven a comer a mi casa —sugirió Markus—. No la has visto aún. No es tan genial como tu dúplex en pleno centro, pero mi piso es acogedor —añadió sonriendo.
—Estoy segura —me reí—. ¿Y qué me vas a cocinar? —pregunté divertida.
—Cuando lleguemos elige tú lo que quieras comer y ya veré si soy capaz o pido comida china —ambos nos reímos.
—Genial.

Nada más llegar, en el rellano de su piso se detectaba un olor delicioso. Parecía lasaña.

—¿Me has mentido y me has hecho lasaña, Markus? —pregunté.
—No sé hacer lasaña —dijo confundido.
—Bueno, aunque sea congelada huele bien.
—Será de alguno de los vecinos... yo no he cocinado nada —introdujo la llave en la cerradura de la puerta principal de su piso. En cuanto la giró alguien abrió la puerta rápidamente desde el interior, ganándose nuestra sorpresa y susto a la vez.
—¡Pensé que nunca ibas a llegar! —dijo una mujer arrastrándole hacia el interior del piso y cerrando la puerta tras de sí.

Me quedé paralizada un instante al reparar en que me habían dejado fuera. Oí a Markus decir al otro lado: “Mamá, has dejado a Ariel fuera", justo antes de que ella volviera a abrir la puerta y esta vez me arrastrara a mí consigo.

—Ay, cielo, perdóname; no te había visto —dijo abrazándome.

No entendía esas muestras de afecto tan efusivas y tan repentinas de parte de mi... suegra. El mero hecho de pensar en que tenía una suegra hacía que mi cabeza diera vueltas.

—He hecho lasaña, Markus, cariño —habló liberándome de su abrazo y adentrándose en la cocina abierta que había en aquel loft. No existía ninguna pared salvo una al fondo con una puerta en la que presumía que debía haber un baño. Había una cama de matrimonio junto a esa puerta con un armario a su izquierda, un sofá y una televisión frente a ella; y todo esto dejando al otro lado la mencionada cocina. Era un piso bastante pequeño; desde la puerta de entrada, lanzando una mirada al frente casi podías abarcarlo en su totalidad. Pero era cierto que resultaba acogedor.

—No contaba con que hubiera más gente que nosotros dos, pero seguro que es suficiente para los tres —señaló la mujer sonriendo y sirviendo porciones de lasaña en unos platos, sin preguntar siquiera.

Una vez pude aterrizar de aquella situación surrealista, me quité mi chaqueta de cuero y la dejé sobre el sofá, junto con mi bandolera.

—Siéntate, Ariel, cielo —dijo la madre de Markus indicando una silla delante de la cual ya había depositado un plato con una cantidad ingente de lasaña de carne, con una pinta excelente.

Markus cogió un plato de la encimera y se sentó a mi lado.

—Mamá, no me habías dicho nada de que fueras a venir hoy a comer —dijo Markus visiblemente incómodo.
—Pero una madre no necesita avisar de esas cosas, ¿verdad Ariel? —dijo ella tratando de introducirme en la conversación—. Además, hoy he salido antes del trabajo. Tu padre se ha quedado en casa haciéndole la comida a Adrianna. No entiendo cómo le puede gusta más la comida de él que la mía.

Me metí un trozo de lasaña en la boca para tener la excusa de no poder responder.

—Por cierto, “Ariel"... ¡Qué nombre tan bonito!

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