CAPÍTULO DIECISÉIS
ANN
16 de Octubre de 2015
Había acabado de comer y me encontraba lavando los platos sucios. En el fondo suponía que todo el mundo pensaba que con mi reputación debía ser una de esas pijas babosas que no saben hacer nada, pero estaban muy lejos de saber la verdad, la forma en la que me mostraba a los demás no era ni de lejos como en realidad era. Desde muy pequeña había aprendido a hacer los quehaceres de la casa gracias a mi abuela. Una mujer fuerte y decidida que siempre miraba por mí y por su familia.
Cuando vinimos a vivir a Nueva York, despedirme de ella fue lo más difícil ya que siempre ha sido mi auténtica familia. No como esos que se creen que con una abultada suma de dinero cada mes ya pueden criar a su hija a la perfección.
Al terminar de fregar, me senté frente a la pantalla del ordenador, lo encendí y me conecté a Skype. Justo cuando mi icono se puso verde, el típico sonido de una llamada entrante empezó a martillearme los tímpanos. Le di al botón de aceptar para acabar con la tortura.
—Oye, hija, esto no va bien, la pantallita esta se ha puesto negra —dijeron al otro lado.
—Yaya, prueba a mover el ratón un poco —ahogué una risa ante la ineptitud de mi abuela con las tecnologías.
—Anastasia, te vuelves a reír de mí y, aunque me haya costado un Potosí, no te llamo más por este aparatejo del diablo. Prefiero mil veces el teléfono fijo.
—Vale, vale, ya paro —me sequé una lagrimilla que resbalaba por mi mejilla con el pulgar.
—Así me gusta, nena.
—Bueno, yaya, ¿cómo estás? —su cara se iluminó cuando le hice la pregunta, algo malo estaba tramando.
—Verás, el otro día, estaba por el centro comercial ese que esta por el centro y que es tan grande. ¿Cómo se llamaba?
—Sí. El Corte Inglés. Pero ve al grano, que no tengo toda la tarde, esta noche es el baile de bienvenida del colegio y me tengo que preparar.
—Jovencita, no me hables así.
Suspiré.
—Venga, sigue.
—Pues que me encontré a un viejo amigo, y entre unas cosas y otras acabé utilizando el lubricante ese nuevo que anuncian en la televisión.
—Agh, ¿en serio era necesaria esa aclaración?
—Cariño, tu abuela, por mayor que sea, no significa que haya dejado de hacer esas cosas.
—¡POR FAVOR! NO DIGAS NADA MÁS, YAYA —exclamé.
Mi abuela estalló en una estruendosa risa mientras yo mostraba mi mayor cara de repulsión.
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Después de casi dos horas hablando de todas las cosas posibles y de habernos puesto al día, dije:
—Yaya, tengo que dejarte, me tengo que ir a la ducha.
—Bueno, mi niña, entonces me despido de ti. Adiós, cariño.
—Adiós, abuela.
La ventana que antes había estado mostrándome su rostro se volvió totalmente negra y, acto seguido, apagué el ordenador.
Me levanté de mi silla y fue entonces cuando una punzada en el abdomen hizo que me doblara de dolor.
Mierda. Esta noche no.
Salí corriendo hacia el baño y pude comprobar lo que había pasado. Todo estaba teñido de rojo.
Joder.
Abrí el grifo y llené el vaso que tenía para el enjuague bucal. Cogí una de las pastillas para el dolor y me la tragué. Solo esperaba que hiciera efecto lo antes posible.
¿En serio tenía que bajarme en ese momento?
Bufé ante mi mala suerte y decidí empezar a prepararlo todo para ir decente a la fiesta de bienvenida. Daniel se había empeñado en que este año, al ser el último, debía hacer gala de todo mi glamour y popularidad y conseguir ser la reina del baile, tanto de este, como de los siguientes. No sé en qué momento me pareció buena idea hacerle caso al idiota de mi mejor amigo.
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The Williamsburg Club
Novela JuvenilSeis chicas. Seis sueños. Un club. The Williamsburg Club. Oasis McCartney, Heather White, Ariel Hoffmann, Adrianna Ferguson, Casiopea Tiziano y Anastasia Rojas son seis completas desconocidas que por diversos motivos y por las vueltas que da la vid...
