Capítulo 2: Heather

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CAPÍTULO DOS

HEATHER

14 de Septiembre de 2015

Me asomé por la ventana en el mismo instante en el que los primeros rayos del sol se dejaban ver entre las nubes. Lo que significaba que eran las seis de la mañana. Pese a lo temprano que era, la calle estaba abarrotada de gente que hacía deporte o iba a trabajar, todos con prisa y sin fijarse en la gente que tenían alrededor. Así era Nueva York: millones de personas que no eran conscientes de que convivían unas con otras.
Era el primer día de clase y llevaba horas despierta, más bien no había dormido en toda la noche. Todos los años me pasaba lo mismo, empezar el nuevo curso me ponía de los nervios. Así que cansada de dar vueltas por la habitación fui a la cocina a desayunar.
Como de costumbre mi casa era un desastre y el silencio reinaba en todas las habitaciones. Mi padre casi nunca estaba por lo que prácticamente mi hermana mayor, Annaïs, y yo vivíamos solas. Aunque podría aparentar ser un gran lujo era en realidad una auténtica pesadilla. Mi hermana tenía un concepto del orden completamente distinto al mío. No es que yo fuera una maniática obsesa del control como ella decía sino que si por ella fuera habríamos vivido en una pocilga.
Cuando aquella mañana bajé a la cocina me encontré el paquete de cereales esparcido por la encimera, la leche en el suelo y ropa interior encima de la mesa, ropa interior que no era de mi hermana a no ser que le hubiese dado por travestirse.

Genial.

Metí el brick de leche en la nevera. Descartada la opción de desayunar algo en condiciones, dejando de lado mi sagrada taza de café, fui al único baño de toda la casa, pero al parecer alguien había llegado antes que yo.

—Annaïs date prisa, vamos a llegar tarde a clase —grité mientras le daba golpes a la puerta—. Me tienes que dejar en el instituto antes de irte a la universidad.

Entonces la puerta del baño se abrió y de dentro salió un chico unos años mayor que yo, el cual iba bastante ligero de ropa por no decir completamente desnudo salvo por una toalla envuelta a la cintura. Me sonrió como si me conociese de toda la vida y se metió en el cuarto de mi hermana. Otro ligue para la colección. Siempre hacía lo mismo. Ellos se pensaban que iba a durar para siempre, pero Annaïs se cansaba antes de que se dieran cuenta.
Entré en el baño para darme una ducha rápida pero al parecer al amiguito de mi hermana le gustaban los baños relajantes por lo que el agua caliente se había gastado. Más que una ducha rápida fue una ducha exprés. Apenas tuve tiempo de lavarme el pelo ya que estaba ocupada intentado no convertirme en un cubito de hielo.
Eran las 07:00, las clases empezaban en una hora y tardaríamos por lo menos cuarenta minutos en llegar allí, eso si el trafico estaba en condiciones, cosa poco probable.

Después de haberme adecentado el pelo y vestido me dirigí a la sala de estar y me senté en el sofá a esperar a que mi hermana estuviese lista.

—Annaïs, ¿estás ya lista? —pregunté por quinta vez en diez minutos.

Cinco minutos más tarde apareció en el salón con aspecto de ir a la fiesta del año. Llevaba un vestido ceñido de color negro con unos tacones rosas a juego con sus labios.

En serio, ¿tacones rosas? ¿Quién se pone eso? ¿Barbie?

Aunque de igual forma iba despampanante. Suspiré mientras miraba mi uniforme. La falda gris me estaba grande y la camisa blanca estaba ligeramente manchada de café en una manga, por no hablar del corbatín, que había perdido, y para finalizar aquellos horribles zapatos negros que me negaba a llevar y había cambiado por unas Converse verdes. Estaba claro cuál de las dos había conseguido los buenos genes en la familia.

—¿Ya? —dije sin ocultar el tono de exasperación en mi voz.

Asintió mientras cogía su bolso y salía de casa. No vi a su amigo por ningún lado así que supuse que se habría marchado mientras yo me congelaba por su culpa. Antes de salir me despedí de Audrey y Kramer, mis dos gatos, y puse comida en sus respectivos cuencos, aunque de todas formas comían del que les venía en gana.
Como era de esperar el tráfico era insoportable y tardamos en llegar una hora entera, lo que quería decir que teóricamente las clases ya habían empezado cuando cruzaba la puerta del instituto. Por suerte para mí, la puntualidad no era algo que los profesores llevasen a raja tabla. Y al parecer los alumnos tampoco ya que al entrar a la clase apenas había dos personas allí. Una chica morena que conocía de vista, Adrianna, creía recodar que era su nombre, y un chico nuevo que estaba sentado lo más lejos posible de la mesa del profesor y jugaba con su móvil.

Me dirigí a una de las mesas de la mitad de la clase como tenía por costumbre. No me gustaban las primeras filas, como a casi nadie, pero tampoco era muy fan de sentarme al final.
Dejé mi mochila al lado de la silla y me senté a esperar. Poco a poco fueron entrando más alumnos en clase, pero la profesora seguía sin llegar, desde luego el día iba de perlas.

Eran las 08:10 cuando la profesora apareció. Era una mujer de unos cincuenta años y con un aspecto bastante serio. Bufé mientras me movía inquieta en la silla, seguro que era una sargento. La mujer se sentó en la silla y nos miró a todos tras unas gafas redondas. Las voces de mis compañeros se apagaron por completo cuando la profesora dio un golpe contra la pizarra.

—Soy la señora Mickaelson...

Fue a continuar la frase pero se oyó un ruido proveniente de la puerta. En el umbral había una chica castaña que se agachó con gran rapidez para recoger su móvil del suelo.

—¿Y tú eres...? —preguntó la señora Mickaelson observando a la chica por encima de sus gafas.

—Oasis —dijo la chica sin apartar la mirada de la profesora—. Soy nueva.

La profesora hizo un gesto de aprobación y señalo uno de los pocos sitios que quedaban libres en el aula. La mesa que estaba detrás de mí. La clase continuó en silencio mientras la señora Mickaelson continuaba explicándonos las reglas.
Cuando apenas quedaban unos minutos de clase, alzó la voz y decidió que era el momento de elegir a los delegados del nuevo curso.

—De acuerdo, voy a decir dos nombres de la lista y serán los delegados durante todo el curso, no habrá discusión posible —cogió la lista y señaló un nombre al azar—. Adrianna Ferguson y... —continuó deslizando su dedo por la lista—. Heather White.

Me encogí en la silla intentando desaparecer, sentía que todos me miraban. Bueno tal vez todos no, pero sí muchos. Podía notar sus ojos puestos en mí, seguro que se habían fijado en la mancha de mi uniforme o en que llevaba los zapatos desatados. Estaba segura de que pensaban que no iba a ser capaz de ser delegada, y probablemente tenían razón. Levanté la mano con timidez.

—Perdone... —dije susurrando—. Creo q-que sería mejor si...

—He dicho que no hay opción de cambio señorita White.

Asentí y agaché la cabeza haciendo que el pelo me tapase la cara. En ese momento sonó la sirena así que me levanté lo más deprisa que pude con la intención de salir de allí y con un poco de suerte desaparecer.

—No tan deprisa señorita White, y señorita Ferguson —dijo la profesora cuando yo estaba casi en la puerta de la clase—. Seréis las encargadas de enseñarle el centro a los dos nuevos alumnos, el señor Humphrey y la señorita...

—McCartney —dijo la chica que se había sentado detrás de mí.

La señora Mickaelson asintió a modo de aprobación y salió de la clase dejándonos a las tres y al chico del móvil, que se había acercado hasta Oasis y esta le miraba como si le odiase, allí.

The Williamsburg ClubHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora