Libertad.

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Entonces, mientras estaba recostada en la hamaca, con los ojos perdidos en la inmensidad del cielo, observando cómo las hojas de los árboles se mecían con el viento y cómo las flores se inclinaban ante la suave brisa. El sonido de la música se mezclaba con el canto melancólico de los pájaros, creando una sinfonía triste pero apacible. El aire fresco llenaba mis pulmones, trayendo consigo un alivio inesperado.

Fue en ese momento que lo entendí, una verdad que había evitado enfrentar: no me hacías falta. Ni un solo pensamiento había ido a ti ni a la tortura que fue tenerte en mi vida. Me di cuenta de que tu ausencia había sido mi liberación, un escape de la prisión que tú habías construido a mi alrededor.

El infierno en el que viví por tanto tiempo se había apagado. La ansiedad, que había sido mi compañera constante, se desvaneció. Mis lágrimas, que solían correr silenciosas por mis mejillas, ya no estaban. Podía comer sin que mi estómago se revolviera, sin esa constante sensación de náusea que tu nombre traía consigo.

Mis manos ya no temblaban con el sonido de tu llamada. Me sentía ligera, como si finalmente hubiera aprendido a respirar de nuevo. Era libre, realmente libre. Libre de ti y de las cadenas invisibles que habías puesto en mi corazón.

Mi corazón, ese que una vez latió frenéticamente por ti, ni siquiera te extrañaba. Había olvidado por completo el sonido de tu voz, y el silencio resultante era un alivio inmenso. El color de tus ojos, que antes solía buscar en cada sombra, ahora se había vuelto una vaga mancha en mi memoria. Sin darme cuenta, incluso tu recuerdo se estaba desvaneciendo, borrándose como una vieja fotografía expuesta al sol. Rezo en silencio por el día en que desaparezcas por completo de mis pensamientos, cuando tu presencia se convierta en solo un eco lejano, un vestigio olvidado de un pasado que ya no tiene poder sobre mí.

Rosas, espinas y sangre. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora