Y así como si revivieras de entre los muertos, apareces, una y otra vez. Eres de esos zombies que simplemente no se pueden eliminar.
Un virus que simplemente se exprarse y no desaparece.
Pasan años y aún ese virus sigue presente.
Pero a diferencia de lo que nos muestran las películas eres muy consciente.
Sabes el daño que me causas con tu ausencia pero mucho más el daño que haces con tu presencia.
Y así, como un zombie que se rehúsa a quedarse en su tumba, vuelves, arrastrándote entre las sombras del tiempo, como si los años no significaran nada. Te presentas con la misma calma sin vida, con esa mirada vacía que pretende ignorar el caos que dejaste atrás. No importa cuánto intente sellar la puerta, siempre encuentras la forma de irrumpir, como un muerto viviente que no entiende de límites ni finales.
Eres el zombie que se alimenta de lo que quedó de mí, devorando los restos de mi paz con cada aparición. Y cuando pienso que por fin he encontrado la cura, cuando el silencio parece eterno, ahí estás otra vez, reclamando un lugar en mi vida, como si fuera tu derecho. Tú no tambaleas ni gruñes; vienes consciente, sabiendo exactamente cómo consumir lo que queda de mí.
Y así, como un zombie imparable, sigues volviendo, aunque ya agoté todas mis municiones para eliminarte. Disparé cada bala de indiferencia, cada proyectil de olvido, pero ni así desapareces. Siempre encuentras la forma de regresar, como si mi resistencia solo te fortaleciera. Eres ese enemigo que no se rinde, esa presencia que ni el fuego ni el tiempo logran consumir.
Te convertiste en un zombie inmortal, un recuerdo que no se destruye ni con las armas más letales de mi voluntad. He intentado quemar los puentes, enterrar las ruinas, incluso sellar cada grieta por donde podrías colarte, pero siempre regresas, intacto, como si fueras inmune al olvido. Es como si fueras el último de tu especie, condenado a perseguirme una y otra vez, sin descanso, sin tregua.
Y lo peor de todo es que ya estoy contagiada. Tu presencia, como un virus silencioso, se instaló en mi interior. Por mucho que lo odie, no puedo evitar repetir tu patrón. Justo cuando decido seguir adelante, algo en mí vuelve atrás, como si ese mismo veneno me empujara a regresar al lugar del que tanto quise escapar. Me convertiste en lo que más temía: otro zombie atrapado en este ciclo interminable.
La mayoría de los zombies vienen en hordas, ejércitos imparables que arrasan con todo a su paso. Pero tú no necesitas compañía; actúas como uno solo, con una precisión que ningún grupo podría igualar. Soy tu única presa, el único objetivo de tu cacería sin fin. Y tú, en este juego macabro, eres mi único cazador, el depredador incansable que siempre sabe dónde encontrarme, sin importar cuán lejos intente huir.
Y aquí estamos, atrapados en este apocalipsis que nunca se acaba. Tú, el zombie que persiste, y yo, condenada a ser la cazadora que nunca logra eliminarte. Cada encuentro, cada regreso tuyo, es como una nueva ola que arrastra todo lo que construyo, como si estuviéramos destinados a estar atrapados en este ciclo eterno. La ciudad se derrumba, las sombras se alargan, y sin embargo, sigues ahí, indestructible, mientras el mundo se desintegra a nuestro alrededor. No hay final, no hay salvación. Solo este desastre interminable, donde ambos somos víctimas y verdugos, condenados a seguir jugando hasta el último aliento.
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Rosas, espinas y sangre.
PoetrySentimientos y sensaciones, escritos que te transportarán al dolor ajeno, al sufrimiento, tal vez al amor, tal vez a la esperanza. Quédate y leelos para descubrirlos.
