Cuando el caos se convierte en mi norma, la paz se vuelve incómoda, como si algo me faltara. Me siento vacía, perdida en la calma que no sé cómo habitar. De alguna manera, soy adicta, adicta al caos. Es lo único que puedo sentir: dolor, no amor, no tristeza, solo dolor. Es lo que me hace sentir que estoy viva, lo único que me ancla a la realidad. Sin él, todo pierde sentido, porque en la ausencia de sufrimiento, me enfrento a un vacío abrumador, donde la paz solo me recuerda lo que no sé ser: alguien en paz.
Es como estar al borde de un abismo, y por el simple hecho de sentir el golpe al final, lo haría una y otra vez. El vértigo, la caída, el impacto, son las únicas certezas que me quedan. Prefiero lanzarme al dolor conocido que quedarme estática en la calma incierta. Al menos en el caos sé cómo reaccionar, cómo sobrevivir, mientras que en la paz me siento suspendida, sin dirección, sin propósito.
Recuerdo que estuve con una persona que no me generaba malestar, que no discutíamos, que me daba mi espacio, que siempre estaba dispuesto a escucharme. Todo estaba en perfecta calma. Pero me aburrí. Extrañaba las discusiones sin sentido, el dolor de la pérdida, los gritos que dejaban marcas invisibles. Supongo que cuando naces en el caos, te vuelves el caos. Y tener una relación con la paz, por más ideal que parezca, simplemente no está en tus planes. El caos es lo que conozco, lo que siento como hogar, y cualquier cosa que no duela me parece ajena, vacía, incapaz de llenarme.
Es irónico, pero creo que lo que más me ata al caos es el control que me otorga. Porque tengo el control, es lo único de lo que puedo tener control: el caos. Decido quién, dónde, cómo o por qué sufrir. Es la única cosa por la cual nadie puede decidir por mí. En la paz, me siento vulnerable, expuesta, como si todo pudiera ser arrebatado en cualquier momento. Pero en el caos, yo marco las reglas. El dolor lo elijo yo, y en ese pequeño espacio, soy yo quien manda.
El caos, en su propia manera retorcida, me da un sentido de pertenencia, una identidad. Cuando todo está en ruinas, al menos puedo decir que estoy luchando, aunque sea contra mis propios demonios. En cambio, la paz me obliga a mirarme en el espejo y enfrentar las sombras que he evadido por tanto tiempo. El silencio me grita lo que el ruido del caos me permite ignorar: el dolor no es todo lo que soy, pero me he aferrado a él como si lo fuera.
Es irónico, ¿no? Me quejo del caos, del dolor, de las heridas, pero cuando me encuentro en medio de la calma, me siento perdida. Es como si no supiera existir sin estar en modo de supervivencia. Porque vivir, verdaderamente vivir, implica abrirme al amor, a la vulnerabilidad, y eso me aterra más que el dolor. Al menos en el caos sé qué esperar, sé que me romperé, pero sobreviviré. En la paz, el riesgo es mayor, porque podría encontrar algo más allá del sufrimiento, algo que tal vez no sabría cómo manejar.
Me imagino que es como una tormenta constante en el mar. Me he acostumbrado tanto a las olas furiosas que navegar en aguas tranquilas me deja sin rumbo. Me desoriento, porque ya no tengo las mismas señales de peligro a las que aferrarme. Y tal vez es eso lo que me asusta: que en la calma no tengo excusas, no hay caos al cual culpar por mi miedo a simplemente ser. No puedo esconderme detrás del sufrimiento, y eso me aterra más que cualquier herida que el caos pueda dejarme.
Así que sí, el dolor es mi refugio. Lo entiendo, lo domino, lo resisto. La paz, en cambio, me enfrenta a la posibilidad de algo desconocido, algo que no sé si merezco o siquiera si quiero. Y hasta que no lo entienda, seguiré lanzándome una y otra vez al abismo, buscando ese golpe final que me recuerde que, de alguna forma, todavía estoy viva.
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Rosas, espinas y sangre.
PoetrySentimientos y sensaciones, escritos que te transportarán al dolor ajeno, al sufrimiento, tal vez al amor, tal vez a la esperanza. Quédate y leelos para descubrirlos.
