Asfixia.

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Sientes por un momento que tus pulmones se comprimen, que tu garganta se cierra, no puedes respirar. Intentas. 1,2 y 3.
¿Cómo algo tan básico como respirar se te va a olvidar?
Dolor en el pecho, te hiperventilas.
No sabes si te estás ahogando o te estas muriendo, no hay diferencia.
Asfixia, causada por los sentimientos reprimidos. Por el dolor escondido.
Sientes que te hierve la sangre.
Tu corazón se está quebrando, poco a poco. Ves borroso.
Tu cuerpo y huesos se vuelven gelatina.
Tienes que apoyarte de algo para no caerte.
Latidos rápidos, casi sientes cómo el corazón se te sale del pecho.
El dolor es tanto que no sabes qué parte específicamente te duele.
Tiemblas, como si estuvieras en el polo norte; desnuda. En realidad estás encima de 30° centígrados.
En el abismo de la asfixia emocional, cada inhalación se convierte en un esfuerzo desesperado por encontrar aire en un universo que parece privarte de oxígeno. En ese instante de angustia, el cuerpo se convierte en un campo de batalla donde la lucha por respirar se entrelaza con la batalla interna contra los demonios del dolor y la opresión. Cada latido del corazón es un eco de la tormenta emocional que amenaza con arrastrarte hacia lo más profundo de la desesperación.
Crees que ese sentimiento nunca pasará.
Lágrimas cayendo por tus ojos, te sientes más liberada.
Poco a poco empiezas a respirar de nuevo, a inhalar el aire que te da el universo. Si eso no era morirse, entonces no sé qué sea.

Rosas, espinas y sangre. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora