El murmullo de lo puede ser pero no es.

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Cuando el viento es agradable, sentirlo en tu cara se siente bien, qué diferente hubiera sido todo si hubiera puesto una pausa a mi vida. No podría seguir sintiendo lo agradable de la vida.
Aunque no me guste el olor de las flores, ya no podía decir que no me gusta el olor de las flores.
Me gusta la vida, pero siempre he sentido que no soy de su agrado.
Nunca me sentí viva realmente, abro mis ojos y no hay nada, pero a veces, con un poco de esfuerzo, como un ciego que tiene ganas de ver, como un mudo que tiene ganas de hablar, así, con ese pequeño esfuerzo, como un bebé que ya no quiere gatear sino caminar, así, con ese pequeño esfuerzo, la siento. Sus olores, sus sabores, su esencia, sus luces.
...Y, aunque a veces la vida parece un ruido distante, como el eco de una risa en un cuarto vacío, me gusta imaginar que un día ese eco me alcanzará. Quizás me envuelva, como lo hace el sol tímido al final de la tarde, calentándome de a poco, haciéndome creer que pertenezco a algo más grande que mi soledad.

Pero, ¿cómo se siente realmente pertenecer? ¿Es como cuando cierras los ojos y el viento acaricia tu rostro, haciéndote olvidar por un instante que estás sola? ¿O es como cuando el agua fría corre entre tus dedos y, por un momento, juras que puedes atraparla, aunque se escape al instante?

A veces pienso que la vida es como ese agua, imposible de retener, pero llena de momentos que vale la pena intentar tocar. Por eso, me esfuerzo. Me esfuerzo por verla, por olerla, por escucharla. Por sentirla, aunque a veces me ignore, aunque no se detenga a mirarme de vuelta.

Quisiera que la vida me disfrute a mí como yo la disfruto a ella. Que note las pequeñas cosas que hago para acercarme a ella: cuando me permito reír en lugar de llorar, cuando abrazo en lugar de alejarme, cuando elijo quedarme despierta solo para mirar las estrellas que siempre parecen tan lejos, pero nunca lo suficiente como para dejar de brillar.

Tal vez no sea la vida la que deba cambiar. Tal vez soy yo, quien necesita aprender a dejar de mendigarle su atención y, en cambio, atreverme a bailar con ella, aunque sea torpe, aunque pise sus pies. Porque al final, incluso en mi torpeza, sé que algo en mí todavía quiere vivir, todavía quiere sentir.

Y eso, creo, es suficiente.

Pero, también siento que ese esfuerzo no vale la pena. Es como intentar sostener un castillo de arena bajo la lluvia, sabiendo que cada grano resbaladizo terminará perdido, arrastrado por el agua. A veces, la vida parece un espectáculo al que nunca fui invitada, donde cada paso que doy para acercarme a ella solo reafirma lo lejos que estoy de pertenecer.

Y entonces me pregunto, ¿para qué intentar? ¿Para qué forzarme a sentir lo que parece estar fuera de mi alcance? Hay días en que el viento deja de ser agradable y se siente como un recordatorio frío de todo lo que nunca he sido. Días en que los olores y sabores de la vida, incluso aquellos que antes me intrigaban, se vuelven insípidos, como si mi esfuerzo por saborearlos hubiera desgastado su esencia.

Es agotador. Este constante juego de buscarla, de querer atraparla solo para sentirla resbalar entre mis dedos, dejándome con las manos vacías y el pecho lleno de un vacío indescriptible. Es como si la vida, en su indiferencia, quisiera recordarme que no importa cuánto la admire, nunca seré parte de su de grandeza.

Y aunque sé que hay belleza en el intento, aunque sé que debería conformarme con esos momentos fugaces donde todo parece encajar, no puedo evitar sentir que tal vez la vida y yo no estamos hechas para entendernos. Tal vez soy una extraña en su escenario, un error en su guion. Tal vez todo este esfuerzo es solo un eco de mi terquedad, de mi incapacidad para aceptar que hay cosas que nunca serán mías.

Así que me quedo quieta, cansada de correr tras ella, cansada de intentar sostener lo intangible. Me quedo en silencio, dejando que la vida pase, esperando que, tal vez, algún día sea ella quien me busque, quien se esfuerce por verme. Pero hasta entonces, me quedo aquí, sin más que mis pensamientos y el murmullo distante de lo que pudo haber sido.

Y aquí estoy, en el borde de todo y de nada, escuchando el murmullo de lo que pudo ser. Casi puedo tocarlo, pero siempre se escapa, como una sombra burlona que me susurra que el esfuerzo es inútil. Casi nostalgia, casi rabia, casi esperanza. Esa mezcla cruel que me mantiene a flote, que no me deja hundirme por completo, pero tampoco me permite nadar. La vida y yo seguimos en este duelo silencioso, donde ninguna se atreve a ceder. Tal vez algún día nos encontremos, tal vez no. Pero hasta entonces, sigo aquí, suspendida en este espacio vacío, donde el tiempo solo parece existir para recordarme todo lo que nunca seré.

Rosas, espinas y sangre. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora