Ellas, tan iguales, tan diferentes, tan normales, tan reales, como ellas pueden ser. Simplemente ellas.
Llenas de desacuerdos, de silencio, de risas, de discusiones, de peleas, de confusiones. Solo ellas.
Porque se hirieron, ambas, cada una hirió a la otra, de alguna manera, entre tanto dolor, hayan la manera nuevamente de encontrarse.
- Eres lo peor que le pasó a mi vida. - dijo una de ellas, ebria, dolida, dañada, rota.
Pero la otra sabe quién es, se ofendió, pero la quiere, la detuvo.
- Estás ebria, vamos. Te llevo a casa. - dijo, agarrándola con fuerza.
- Piensas que te la sabes todas, porque eres grande, eres la mejor, nadie sabe mejor que tú. - renegó.
La borracha, no podía ni ponerse de pie, pero luego de esa discusión llena de reclamos innecesarios, de comentarios llenos de solo veneno que no tenían espacios en su corazón, decidió callarse.
La sobria, la cuidó, lo que pudo, hasta su viaje a casa.
Pero las cosas cambiaron. Antes de ello, iban bien, discusiones por aquí y por allá, la borracha hostil, pero su manera de bromear con la sobria, ya que fue ella quien la lastimó en su pasado.
Pero la borracha había decidido pasar página. Desde el día uno, en el que decidieron darse una oportunidad más, de conocerse, de acercarse, de dejar tan siquiera por un momento el rencor de lado. Y eso pasó, cuando compartieron una botella de vino, hablaron de la vida, de todo y de nada.
- Tengo muchos deseos. - dijo la borracha. - pero solo te voy a decir tres.
La sobria escuchaba con atención.
- El primero, es morir sin haber vivido - tomó un trago de vino - el segundo es quedarme aquí, estancada, algo así... Y el tercero...- hizo suspenso- es que se acabe la noche y no me beses.
La sobria, se quedó atónita, no lo podía creer, la persona que pensaba que aún le guardaba rencor y desprecio, le estaba pidiendo un beso.
La borracha pensó que había sido demasiado, quiso retractarse. Pero no, la sobria actuó y la besó. Y se dieron cuenta que muchas cosas no habían cambiado. Su conexión, por ejemplo. Tenían la habilidad de entenderse sin decir palabra y era algo que solo ellas y nadie más entendían.
De todas sus conversaciones muchas estaban llenas de desacuerdos, de falta de comunicación, pero también, de ellas y solo ellas. Como después de la borrachera.
- Ninguna de las palabras que dije fueron ciertas, estoy pasando por mucha mierda ahora mismo, no sé qué me pasa, pero te juro, que no sentí ninguna de esas palabras, si te ofendí, lo siento.
- No me ofendiste, pero estoy preocupada por ti. - respondió la sobria.
- Lo sé, yo también lo estoy.
- Te acepto las disculpas, pero sabes que uno borracho dice la verdad.
- Eso es pura mierda. Estaba herida, en problemas, con mezcla, no dije nada coherente, estaba inconsciente. - se defendió.
- Mmmmm, no lo sé, la verdad no lo sé. - dudó.
La borracha sintió trago amargo, la apreciaba, a pesar de todo lo que habían pasado, la apreciaba, a pesar de la odio que alguna vez le tuvo, a pesar del rencor que alguna vez hubo en su corazón, la apreciaba y no estaba en su naturaleza ofender a la gente y especialmente a ella solo porque le plazca.
Un día, acostadas en la cama de la sobria, con la penumbra de la habitación envolviéndolas y ni la música de fondo pudo evitar que el silencio se sintiera más pesado de lo normal. Ambas miraban el techo, perdidas en sus pensamientos, dejando que el tiempo se alargara como si el mundo allá afuera no existiera. Finalmente, la sobria rompió el silencio, su voz apenas un susurro.
- ¿Alguna vez te arrepentiste de conocerme?
La borracha parpadeó, sorprendida por la pregunta, y giró ligeramente la cabeza para mirarla. El brillo en los ojos de la sobria, apenas visible en la penumbra, la hizo tragar saliva.
- A veces. - contestó con sinceridad, aunque su voz temblaba. Sintió que el aire se volvía más denso, pero continuó. - No por ti, sino por mí. Porque siento que te fallé, que fui un peso en tu vida cuando tú no lo merecías.
La sobria permaneció en silencio por un momento, sus manos descansando sobre su abdomen. Luego, con calma, habló.
- Siempre dices eso, como si solo tú hubieras hecho algo mal. Pero no es cierto.
- Lo es. - insistió la borracha, volviendo su mirada al techo. - Tú siempre has sido tan... fuerte, tan correcta. Y yo, con mis impulsos, con mis problemas, solo vine a complicarte la vida.
- Eres tan dramática. - respondió la sobria, con una leve risa que rompió un poco la tensión. - Yo nunca he sido tan fuerte como crees, y definitivamente no soy tan correcta. Pero si algo sé, es que si me quedé a tu lado, fue porque quise. Porque, a pesar de todo, siempre valiste la pena.
La borracha tragó saliva, sintiendo cómo esas palabras desarmaban las barreras que había construido a lo largo de los años.
- ¿Por qué? - preguntó, con la voz quebrada.- ¿Por qué seguir aquí después de todo lo que pasó?
La sobria se giró hacia ella, apoyando su cabeza en su brazo para mirarla directamente.
- Porque, aunque seas un desastre, eres el único desastre que quiero en mi vida.
La borracha cerró los ojos, dejando escapar una pequeña risa que sonaba más a un suspiro aliviado.
- Nunca me arrepentí de conocerte. - admitió, su voz suave, casi un murmullo. - Quizá sí de no saber cómo ser mejor para ti.
La sobria extendió una mano, acariciando la de la borracha.
- No tienes que ser perfecta para mí. Solo tienes que ser tú.
Y allí, acostadas en la cama, mirando el techo y compartiendo un momento de calma en medio del caos, ambas entendieron algo que quizá siempre habían sabido: no se trataba de arreglarse ni de olvidarse de las heridas. Se trataba de aceptarse, de quedarse, incluso cuando todo parecía desmoronarse. Porque, en su imperfección, en sus desacuerdos y en sus silencios, seguían siendo ellas. Y eso era más que suficiente.
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Rosas, espinas y sangre.
PoetrySentimientos y sensaciones, escritos que te transportarán al dolor ajeno, al sufrimiento, tal vez al amor, tal vez a la esperanza. Quédate y leelos para descubrirlos.
