El día después de aquel infierno parecía no tener fin. Malú se despertó temprano, pero no por elección. El dolor punzante de los moratones en su cuerpo y la presión de los golpes en su rostro la devolvieron a la realidad demasiado rápido. La habitación, inundada por una tenue luz matinal, se sentía como una jaula. Su propio hogar, el lugar que alguna vez fue su refugio, ahora le resultaba asfixiante.
Se miró en el espejo del baño y la imagen que le devolvió el reflejo la hizo retroceder un paso. Las marcas en su mejilla izquierda eran un recordatorio cruel. En el cuello, restos de dedos que alguna vez la habían sostenido con promesas vacías ahora eran cicatrices visibles de abuso.
Malú abrió el grifo y se enjuagó la cara con agua fría, como si eso pudiera borrar algo más que el sudor de su frente. Pero no podía. No había agua suficiente en el mundo para limpiar lo que sentía.
Durante horas, vagó por el piso, atrapada en sus pensamientos. Recordaba cada detalle: los gritos, los insultos, el dolor físico... y, sobre todo, la mirada fría y posesiva de Óscar. Una sensación de náusea constante la acompañaba mientras intentaba convencer a su mente de que lo ocurrido era real.
Dejó el móvil sobre la mesa de la cocina, ignorando las llamadas constantes de Pablo. Los mensajes que él le había enviado eran bonitos, llenos de preocupación, pero ella no podía enfrentarse a él. No ahora. ¿Cómo podría mirarlo a los ojos y pretender que todo estaba bien?"Estoy algo resfriada y prefiero no salir hoy. Necesito cuidar mi voz. Te prometo que estoy bien. Nos vemos mañana".
Ese fue el mensaje que le envió después de largas dudas. Sabía que era mentira, pero necesitaba espacio. Pablo merecía la verdad, pero ella no estaba lista para dársela.
El día avanzó lentamente. Intentó comer algo, pero todo sabía a ceniza. Finalmente, decidió irse de ese lugar. Hizo una pequeña maleta con algunas prendas y maquillaje suficiente para cubrir su rostro.
Al llegar a casa de su madre, Pepi la recibió con los brazos abiertos, aunque su preocupación era evidente.—Hija, ¿qué te ha pasado? —preguntó Pepi al verla, intentando no fijarse demasiado en las marcas que Malú intentaba ocultar.
—Estoy bien, mamá. Solo necesito estar aquí unos días.
Pepi no insistió. Conocía a su hija lo suficiente para saber que hablaría cuando estuviera lista. Preparó un té caliente y se sentó junto a ella en el sofá, acariciándole el pelo en silencio mientras Malú luchaba contra las lágrimas.
Esa noche, Malú no pudo dormir. La cama que había sido su refugio en la infancia ahora era un campo de batalla para sus pesadillas. Revivía una y otra vez lo sucedido. En un intento por distraerse, encendió el portátil y empezó a buscar trabajo en periódicos locales. También se atrevió a investigar casos de abuso, leyendo relatos de mujeres que habían pasado por lo mismo, intentando encontrar un rayo de esperanza en sus historias.
Antes de apagar el ordenador, dio un paso que le pareció un pequeño acto de valentía: bloqueó a Óscar de todas sus redes sociales y borró su número de teléfono. Cerró el portátil y se tumbó en la cama, exhausta pero con la sensación de que, por primera vez en días, estaba recuperando un poco de su vida.
Cuando por fin el sueño la venció, eran las cuatro de la madrugada. Pero incluso en sus sueños, las sombras de Óscar la perseguían....
El aroma del café recién hecho llenaba la cocina, pero Malú apenas podía sostener la taza entre sus manos. Pepi la observaba desde el otro lado de la mesa, con el ceño fruncido y el corazón encogido. Sabía que algo grave había pasado. Lo veía en sus ojos, en la forma en que evitaba mirarla directamente.
–Malú, hija... –comenzó Pepi con voz suave–. ¿Qué te está pasando? Desde que llegaste estás como ausente. Apenas comes, no has dormido... ¿Es por trabajo? ¿Por Óscar?
El simple nombre de Óscar hizo que Malú se tensara, como si el aire de la cocina se volviera pesado de repente. Bajó la mirada, jugueteando con el borde de su camiseta de manga larga, que llevaba puesta pese al calor de julio.
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Entre notas y secretos.
RomanceMalú, una periodista musical de 28 años, asiste a una fiesta en un bar de la capital junto a dos amigos. Esa noche, el dueño del local, Pablo López, un principiante músico de 26 años, celebra su cumpleaños con un concierto especial. La voz de Pablo...