Nuevas oportunidades.

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El aroma del café recién hecho la despertó. Malú abrió los ojos lentamente, y lo primero que vio fue a Pablo entrando a la habitación con una bandeja en las manos.

—Buenos días, dormilona. —dijo con una sonrisa cómplice.

—¿Qué es esto? —preguntó Malú, sorprendida, mientras se incorporaba en la cama.

—Te he preparado el desayuno. Hoy es un gran día, y quiero asegurarme de que empieces con buen pie.

Pablo colocó la bandeja frente a ella. Había tostadas con mermelada, una porción de fruta y un café con leche, servido exactamente como a ella le gustaba.
Malú se llevó una mano al pecho, emocionada.

—Esto es... demasiado bonito. Gracias, Pablo.

—Nada de gracias. —Él se sentó a su lado en la cama, tomando una tostada para sí mismo—. ¿Nerviosa por la entrevista?

Malú asintió mientras untaba mermelada en una tostada.

—Un poco. Bueno, bastante. No todos los días tienes la oportunidad de entrevistarte con El País.

—Pues relájate, porque si ellos saben lo que yo sé de ti, te van a contratar al instante.

Malú le sonrió con gratitud.

—¿Siempre sabes qué decir?

—No siempre —admitió él con una sonrisa pícara—, pero hoy estoy inspirado. Por cierto, tengo otra sorpresa... He pensado que podrías necesitar esto.
—dijo sacando un telefono de su bolsillo—. Es mi teléfono viejo. No es lo último en tecnología, pero al menos hasta que compres uno nuevo, servirá. Ya tienes tu tarjeta puesta, pon el PIN y cuando puedas te pones al dia con las aplicaciones y ya estará listo.

Malú cogío el móvil con una mezcla de sorpresa y gratitud.

—Gracias, Pablo. No tenías que molestarte.

—¿Molestarme? —respondió él, inclinándose hacia ella con una sonrisa tierna—. Lula, esto es lo mínimo que puedo hacer. Tienes un día importante y quiero que todo salga perfecto para ti.

Malú sonrío divertida y le dio un mordisco a su tostada. Desayunaron tranquilamente, conversando sobre los planes del día, hasta que Malú miró el reloj y se llevó las manos a la cabeza.

—¡Mierda! Voy a llegar tarde.

—¿Tarde? —Pablo levantó una ceja—. Pero tienes tiempo, ¿no?

—Tengo que pasar por casa de mi madre a por algo para ponerme. No puedo ir a la entrevista con esto.
—dijo señalando su camiseta holgada y el pantalón de pijama de Pablo.

—¿Entonces qué hacemos aquí todavía? Vamos, levántate, yo te llevo.

Pablo estacionó frente a la casa de Pepi mientras Malú revisaba su bolso, asegurándose de no olvidar nada.

—¿Quieres subir? —preguntó ella, mirándolo.

—No, prefiero que tengas un rato con tu madre. Además, tengo que ir al estudio.

—¿Seguro?

—Sí, pero prométeme que me llamarás en cuanto salgas de la entrevista.

Malú asintió, inclinándose para besarle suavemente en los labios.

—Gracias por todo, Pablo.

—No hay de qué, Lula. —Él sonrió y la observó entrar a la casa antes de arrancar el coche y marcharse.

...

Malú subió al cuarto piso del edificio de El País, guiada por una recepcionista que le sonreía con amabilidad. Los nervios que había intentado ocultar durante el trayecto afloraron de nuevo cuando se encontró frente a una gran sala de reuniones con paredes de cristal.

Entre notas y secretos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora