Jueves, 28 de febrero.
Pablo estaba sentado en la sala de espera del despacho de Carlota. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, los codos apoyados en los muslos y la mirada perdida en el suelo.
Habían pasado tres días desde la última vez que bebió. Tres días desde que casi tiene un accidente. Tres días dándole vueltas a todo lo que había pasado en los últimos meses.
Cuando la secretaria de Carlota le indicó que podía pasar, se levantó con lentitud. Sentía el cuerpo pesado, como si el cansancio de semanas enteras se hubiera instalado en sus huesos.
Entró en el despacho y la vio allí, sentada en su sillón con una libreta en el regazo, mirándolo con una expresión serena.—Pablo —dijo con suavidad—, me alegro de verte.
Él soltó una risa baja, sin humor.
—No sé si yo puedo decir lo mismo.
Carlota le indicó el sofá frente a ella.
—Siéntate.
Pablo obedeció, recostándose contra el respaldo con los brazos cruzados. No se sentía preparado para esto, pero tampoco sabía qué otra cosa podía hacer. Carlota lo observó por unos segundos antes de hablar.
—¿Cómo estás?
Pablo desvió la mirada.
—No lo sé.
Carlota inclinó la cabeza levemente.
—¿Cuántos días llevas sin beber? —preguntó Carlota.
Él apoyó los codos en las rodillas y frotó sus palmas entre sí.
—Desde el lunes.
Carlota asintió. Pablo sintió un nudo en el estómago. No se sentía orgulloso de ello. Solo se sentía vacío.
—¿Por qué bebiste esa noche?
Pablo tensó la mandíbula. Sabía la respuesta, pero no quería decirla en voz alta.
—No lo sé.
Carlota lo observó con paciencia.
—Sí lo sabes, Pablo. Yo solo estoy aquí para escucharte. No te voy a juzgar.
Pablo cerró los ojos por un instante y pasó las manos por su rostro.
—Yo solo vine aquí para contarte lo que le pasó a ella.
Carlota asintió lentamente.
—Lo sé, pero te necesito entero para que puedas hacerlo.
Pablo rió con amargura.
—Ahora estoy entero.
—No, no lo estás.
Él se removió en su asiento, incómodo.
—Tu hermano está preocupado por ti. —continuó Carlota con suavidad—. El lunes, cuando parecía que habías tomado conciencia de lo que te estabas haciendo, volviste a beber. Y casi tienes un accidente.
Pablo cerró los ojos con fuerza.
—Déjanos ayudarte. Dime qué fue lo que te hizo volver a beber.
Pablo resopló, sintiendo la presión en el pecho.
—¿Te das cuenta de que me estás tratando como a un alcohólico?
—Alguien que ahoga sus penas en el alcohol, Pablo, es un alcohólico.
Pablo suspiró, pasándose una mano por la cara.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana, observando la calle con la mandíbula tensa.—Yo no tengo un problema con la bebida.
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Entre notas y secretos.
RomanceMalú, una periodista musical de 28 años, asiste a una fiesta en un bar de la capital junto a dos amigos. Esa noche, el dueño del local, Pablo López, un principiante músico de 26 años, celebra su cumpleaños con un concierto especial. La voz de Pablo...