Cuando el pasado llama.

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Dos semanas después.

Las dos últimas semanas habían sido un torbellino para ambos.
Pablo había arrancado su gira por España. Cada ciudad era un nuevo escenario, cada concierto una entrega total. A simple vista, lo tenía todo: éxito, música, público que lo adoraba. Pero cada noche, cuando volvía solo a la habitación de su hotel, el silencio pesaba más de la cuenta.
Las canciones que interpretaba parecían contar la historia de alguien más, como si su propia voz no le perteneciera. Cada acorde, cada letra, lo arrastraba a recuerdos que no quería revivir.

—Se te ve en otro mundo, tío. —comentó Armand entrando al camerino.

Pablo desvió la mirada del teléfono y esbozó una sonrisa fugaz.

—Nada, solo estoy cansado.

Armand lo observó dudoso, pero no insistió. No era el único que había notado la desconexión de Pablo en los últimos días. Tocaba con la misma pasión de siempre, su entrega sobre el escenario seguía intacta, pero cuando terminaban los conciertos, su energía se desvanecía como un eco en un teatro vacío.
Luis entró en el camerino con su habitual andar apresurado, revisando el itinerario en su móvil.

—Mañana viajamos temprano a Barcelona. —anunció, sin levantar la vista—. Tienes entrevistas por la mañana y al mediodía la prueba de sonido.

—Genial. —murmuró Pablo, recostándose en el sofá.

Luis finalmente lo miró.

—¿Quieres decirme qué te pasa? Estás muy apagado.

Pablo frunció el ceño.

—No me pasa nada.

—Te conozco. Algo te ronda la cabeza y no es el tour.

Pablo apretó la mandíbula. No quería hablar de ello. No quería admitir que cada vez que subía al escenario, en algún punto entre el piano y el micrófono, su mente volvía a Madrid. A ella. A su rostro en la sala de prensa. A la forma en que había hablado de su disco. A la manera en que se había marchado aquella noche en la discoteca sin siquiera mirarlo.
Y por mucho que intentara ignorarlo, le jodía.

—Solo estoy enfocado en la gira, Luis. —dijo al final, su tono más cortante de lo que pretendía.

Luis suspiró.

—Como quieras. Pero si en algún momento quieres hablar de lo que sea que te esté jodiendo, ya sabes dónde estoy.

Pablo asintió en silencio, pero ni él mismo sabía qué decir. Se levantó, cogió su chaqueta y se dirigió a la puerta.

—Voy a salir a despejarme un rato.

—No vuelvas muy tarde. —advirtió Luis—. Mañana nos espera un día largo.

Pablo no respondió. Solo necesitaba aire. O al menos, eso se decía a sí mismo.

Mientras tanto, Malú había encontrado refugio en su rutina. Las últimas semanas habían sido un intento constante de normalidad. Malú se había refugiado en su trabajo con más pasión que nunca, sumergiéndose en cada artículo, en cada investigación, en cada palabra escrita. Había decidido, de una vez por todas, que su mundo no iba a girar en torno a Pablo ni a lo que una vez sintió por él. Se lo repetía cada día, como un mantra. Y, en cierta forma, lo estaba logrando.
Había encontrado un propósito mayor, algo en lo que volcarse de verdad: su libro.
Al principio, había sido solo una idea, un proyecto que escribía a escondidas en las noches de insomnio, sin siquiera atreverse a pensar en su publicación. Pero, poco a poco, las palabras habían empezado a coger forma, a construir una historia que no solo era la suya, sino la de muchas mujeres que habían pasado por lo mismo.
Malú no quería venganza. Quería que su historia sirviera para algo. Que otras mujeres encontraran en sus palabras lo que a ella le había faltado en su momento.  Pero justo cuando empezaba a sentirse fuerte, cuando creía que tenía todo bajo control, el pasado volvió a llamar a su puerta.

Entre notas y secretos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora