Más que una victima.

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El día del juicio.

El amanecer se filtraba por las cortinas de su habitación, tiñendo el techo de tonos anaranjados, pero Malú no lo notaba. Llevaba despierta desde hacía horas.
Había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, sintiendo el estómago revuelto y la piel fría. Cada vez que cerraba los ojos, su mente la arrastraba a recuerdos que no quería revivir.
Óscar. Su voz. Sus manos. Sus golpes.
Los latidos de su corazón repicaban en su cabeza con un ritmo frenético.
Respira. Eso le diría Carlota. Respira. Eso intentaba hacer.
Se obligó a levantarse. Sus movimientos eran automáticos: caminar hasta el baño, abrir el grifo, mojarse la cara. Se miró en el espejo.
No parecía ella.
Sus ojos estaban hinchados por la falta de sueño, su piel estaba más pálida de lo habitual, y la tensión en sus facciones la hacía ver más frágil de lo que quería aceptar. No podía permitirse esto.
Tenía que ser fuerte.
Salió del baño y fue a la cocina. Carlota aún dormía en el sofá. Se había quedado con ella la noche anterior, insistiendo en que no debía pasar esta noche sola.
Malú abrió la nevera, pero el simple olor de la comida le revolvió el estómago. Optó por un vaso de agua. No tenía hambre. No tenía ganas de nada.
Pero tenía que hacerlo. Se vistió con ropa oscura, evitando cualquier color que llamara la atención. Negro. Discreto, seguro.

Cuando Carlota despertó, Malú ya estaba lista.

—¿Has dormido algo? —preguntó la psicóloga con voz rasposa por el sueño.

Malú negó con la cabeza.

Carlota suspiró y se frotó la cara.

—¿Quieres hablar?

Malú negó de nuevo.

—Quiero que esto pase ya.

Carlota la observó con detenimiento. No insistió.

Se vistió, desayunó y la acompañó a la oficina de su abogada. Allí, la tensión era palpable.

—Lo más importante es que hables hasta donde puedas. —le recordó la abogada—. Nadie te va a forzar a revivir detalles que no puedas manejar.

Malú asintió con la cabeza, pero no estaba convencida. Carlota apoyó una mano en su espalda, un gesto silencioso de apoyo.
Respira. Pero no podía. El miedo estaba ahí.

Porque aunque el juicio aún no había comenzado, ella ya sentía la mirada de Óscar clavada en su piel.
Y eso, más que nada, era lo que la aterraba.

...

Malú se miró en el espejo del baño del juzgado, intentando controlar su respiración. Su abogada la esperaba afuera, junto con Elena, Clara y Beatriz, las otras víctimas de Óscar.

No estaba sola. Pero, aun así, se sentía aterradoramente vulnerable.
Cerró los ojos un instante y se obligó a salir.

—¿Lista? —le preguntó su abogada con voz suave.

Malú asintió, aunque ambas sabían que no lo estaba.

Entraron en la sala del juicio. El murmullo de voces bajó al verla. No fue inmediato, pero ocurrió. Primero, un par de personas giraron la cabeza, susurrando entre ellas. Luego, más y más miradas se posaron en ella. Curiosidad, lástima o morbo.
Malú sintió que el aire pesaba el doble dentro de aquella sala. Caminó con pasos tensos, con la espalda recta, fingiendo una firmeza que no sentía.

Se dijo a sí misma, una y otra vez, que solo tenía que hablar hasta donde pudiera. Que nadie podía obligarla a revivir lo que su mente no estuviera preparada para soltar.
Pero nada la había preparado para esto. Nada la había preparado para él. Óscar estaba allí.

Entre notas y secretos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora