Pablo apagó el cigarro en el cenicero del balcón mientras observaba cómo el sol empezaba a ocultarse tras los tejados de la urbanización. El aire frío de enero era un alivio frente al calor de su pecho, un fuego constante que no conseguía apagar desde hacía meses. La puerta principal se abrió con un golpe seco, y Alborán apareció cargando una botella de vino en una mano y una sonrisa en el rostro.
—¿Qué pasa, tío? —dijo Alborán al dejar la botella sobre la encimera de la cocina—. No te veía desde que te fuiste a Londres.
—Nada, aquí estamos. —Pablo se encogió de hombros mientras sacaba dos copas de un mueble—. Instalándome, organizando todo.
—¿Todo bien? —Alborán le lanzó una mirada mientras servía el vino—. No sé, te noto... diferente.
—Define diferente.
—No sé. Más... no sé si la palabra es serio o distante. Como que no estás del todo aquí.
Pablo le devolvió una sonrisa ladeada, una que no alcanzaba sus ojos.
—Pues aquí estoy. ¿No es suficiente?
Alborán chasqueó la lengua, pero no insistió.
—Bueno, te perdono porque sé que tienes mucho lío. El disco está por salir, ¿no?
Pablo asintió mientras tomaba un sorbo de su copa.
—Sí. La presentación es el viernes. Una rueda de prensa pequeña, algo íntimo. Nada de espectáculos.
—¿Eso fue idea tuya o de la discográfica?
—Mía.
Alborán lo miró con una mezcla de admiración y desconcierto.
—Eres raro, tío. ¿No quieres aprovechar para ganar más visibilidad?
—Ya tengo suficiente con los compromisos que vienen después. Tengo reuniones con el equipo de la gira, entrevistas, un par de colaboraciones que cerrar... ¿Qué más quieren de mí?
—Pues no sé, ¿que parezcas un poco más feliz?
—bromeó Alborán, aunque había algo de verdad en sus palabras.Pablo soltó una risa corta y seca, que no transmitía alegría.
—Feliz, claro. Lo apunto en mi lista de cosas por hacer.
—Eres un caso perdido. —Alborán negó con la cabeza, pero luego cambió de tono—. A ver si esto te anima... voy a organizar una fiesta este sábado en una discoteca. Quiero que vengas.
Pablo alzó una ceja.
—¿Desde cuándo haces fiestas?
—Desde que sé que necesitas una. —Alborán sonrió—. Vamos, tío. Música, copas, buena compañía. Te hace falta salir de esta cueva.
Pablo se lo pensó un instante.
—Depende de cómo vaya la semana. Tengo varias reuniones antes del sábado y además la presentación el viernes...si todo sale bien, tal vez aparezca.
—¿Tal vez? —Alborán bufó—. Ni se te ocurra faltar. Invitaré a algunas amigas, por si te animas.
—No me hace falta nadie, gracias.
—Ya, claro. —Alborán rodó los ojos, pero decidió no insistir. Sabía que su amigo no era el mismo de antes, y algo en su actitud le preocupaba.
Pasaron el resto de la tarde hablando de proyectos, de la experiencia de Pablo en Londres y de las expectativas para el disco. Pero, por mucho que intentaran llenar los silencios, Alborán no podía quitarse de la cabeza que el Pablo que tenía delante era una sombra del hombre que había conocido.
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Entre notas y secretos.
RomanceMalú, una periodista musical de 28 años, asiste a una fiesta en un bar de la capital junto a dos amigos. Esa noche, el dueño del local, Pablo López, un principiante músico de 26 años, celebra su cumpleaños con un concierto especial. La voz de Pablo...