El eco de un beso.

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15 de marzo.

El sol se estaba poniendo sobre Madrid, tiñendo el cielo de tonos anaranjados, cuando Malú decidió que necesitaba un respiro. Había pasado todo el día con su familia, rodeada de abrazos, risas, y ese cariño que solo se siente en casa. Las celebraciones de sus 28 años habían sido intensas, llenas de recuerdos, anécdotas, y buenos deseos. Pero a medida que avanzaba la tarde, algo en su interior le pedía un momento a solas, lejos del ambiente familiar.
Así que, sin pensarlo demasiado, se puso una chaqueta ligera y salió a caminar. Las calles estaban tranquilas, el ritmo de la ciudad se ralentizaba mientras el fin de semana llegaba a su fin. Malú disfrutaba de la calma, sintiendo el aire fresco de la noche acariciando su rostro. De alguna manera, sus pasos la guiaron sin rumbo fijo, hasta que, casi sin darse cuenta, se encontró frente al bar de Pablo.
El local se veía distinto un domingo por la noche. No había la misma energía vibrante de hace unos días, en cambio, las luces estaban tenues, y la puerta estaba medio abierta. Malú se detuvo frente al bar, sintiendo una mezcla de nervios y curiosidad. No había planeado ir allí, pero algo, quizá esa misma conexión inesperada que había sentido días atrás, la había llevado hasta ese lugar. Entró al bar, que estaba vacío, y solo se escuchaba un poco de música en los altavoces. Pablo, de espaldas, colocaba algunas botellas en el estante y Malú le observó con una sonrisa hasta que decidió romper el silencio.

—¿Me pones una cerveza? -preguntó llamando la atención de él.

Pablo se giró sorprendido y al verla, una sonrisa se formó en sus labios.

—Que sorpresa verte por aquí... estaba a punto de cerrar e irme a casa.

Malú sonrió, sintiendo que su presencia iluminaba un poco más el ambiente sombrío del bar.

—Bueno, yo también estaba a punto de irme a casa, pero no podía dejar pasar mi cumpleaños sin hacer algo especial. Y pensé que quizás este lugar era el adecuado.

Pablo se apoyó en la barra, cruzando los brazos, mientras la miraba con curiosidad.

—¿Algo especial? ¿Te refieres a venir a este bar vacío?

Ella se rió suavemente, disfrutando de la broma.

—Tienes razón, no es la fiesta más emocionante del mundo, pero la compañía puede cambiarlo todo. —Le guiñó un ojo, sintiendo cómo la chispa de su conexión se intensificaba.

Pablo se inclinó un poco hacia adelante, interesado.

—¿Y qué te trae a mí?

Malú se sintió un poco cohibida por la pregunta, pero decidió jugar con la situación.

—Tal vez estoy buscando un poco de música. O tal vez solo una buena conversación con un desconocido atractivo que parece estar dispuesto a escucharme.

—¿Desconocido? Pues, ¿sabes qué? Con solo mirarte ya se qué tienes una resaca enorme y que necesitas una buena cerveza.

Malú se rió ante su comentario, sintiendo que la tensión comenzaba a desvanecerse un poco.

—¿Y qué sabes de mí, además de mi aparente resaca? —preguntó, cruzando los brazos y sonriendo con picardía.

Pablo se encogió de hombros, haciéndose el pensativo mientras apoyaba la mano en la barbilla.

—Vamos a ver... Parece que has tenido un cumpleaños interesante. Te veo con esa mirada de alguien que estuvo anoche celebrando hasta tarde, pero al mismo tiempo, hay una chispa en tus ojos que me dice que estás lista para más.

—Sí... hice una fiesta por mi cumpleaños, llegué a casa a las ocho de la mañana, dormí hasta las doce, luego llegaron mis padres y mi familia... comí demasiado y ahora estoy aquí.

Entre notas y secretos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora